Lo viejo y lo nuevo

confesiones-dr-sachsPublicaba BMJ a mediados de diciembre de este año un curioso estudio, “An exploration of the basis for patient complaints about the oldness of magazines in practice waiting rooms: cohort study”, sobre el comportamiento de los pacientes y familiares en las consultas de los médicos en relación con las revistas colocadas (o descolocadas) en las pequeñas mesitas que decoran y ocupan los centros de estas salas. Los autores del estudio, desarrollado en Auckland (Nueva Zelanda), depositaron en una sala de espera de medicina general 87 revistas y fueron comprobando cómo en días sucesivos éstas iban desapareciendo, principalmente las revistas de cotilleo más recientes. De tal forma que en la sala quedaron sólo las revistas de cotilleo más antiguas (por las que ya nadie mostraba interés) o las revistas de información más especializada, como National Geographic, Time o The Economist. La primera de las conclusiones del estudio desmonta el mito de que en las consultas de los médicos sólo existen revistas muy antiguas. Si bien tal mito es en parte cierto, la razón responde al continuo escamoteo que de las revistas hacen los pacientes, pues según el estudio en un mes habían desaparecido la mitad de las revistas. No sabemos, por este trabajo, si hubo algún paciente o allegado que devolvió las revistas ni por qué fueron sustraídas. Quizás en Auckland las visitas al médico sean tan rápidas que a los pacientes no les de tiempo mientras esperan a leer con detenimiento las revistas de cotilleo que cazaron al vuelo nada más sentarse. En España daría tiempo a leerlas, releerlas y hasta subrayarlas. Tampoco entra el estudio en averiguar por qué con cierta frecuencia sólo desaparecen de estas revistas las páginas de crucigramas y de recetas.

Aunque hecho en salas de consulta médicas, a día de hoy este estudio no podría extrapolarse a las bibliotecas de ciencias de la salud dado que pocas revistas dejamos ya a la vista de nuestros usuarios, pues principalmente nos manejamos con revistas electrónicas (más que revistas, lo que muchas veces buscan nuestros usuarios son claves). Pero curiosamente cuando lo hacemos, depositando duplicados donados por nuestros médicos o depositando joyas de la literatura periodística como Diario Médico, suelen volar antes estas últimas que las revistas especializadas, quizás por el morbo de encontrar un cotilleo en estos medios o por utilizar el material para envolver el medio sándwich que uno no pudo comerse ante la avalancha de pacientes a última hora. Recordando cuando teníamos revistas en papel en las mesas y expositores de las entradas de las bibliotecas, es cierto que algunos demasiado ávidos por adquirir conocimientos tuvieron un comportamiento similar a los pacientes neozelandeses, pero siempre que desaparecía algún número de una revista (que luego, bien es cierto, acaba encontrándose al cabo de los días en algún recóndito lugar, devuelta con remordimiento por el autor de la sustracción) solía ser el último número del Lancet, del Blood o del Cancer, pero nunca un número de hace veinte, treinta o cuarenta años. Números estos más antiguos que, hoy en día, harían las delicias de cualquier librero de la vieja escuela.

Quizás por estas manías de leer y perseguir sobre todo la información de actualidad y apenas los clásicos de la medicina, de vez en cuando a algunos de nuestros gerentes se les ocurre la feliz idea de prescindir de las estanterías y de los volúmenes contenidos en los almacenes destinados a los fondos más obsoletos. Antes de que cunda el ejemplo o, como un virus, todos nuestros gerentes decidan prescindir de los fondos más antiguos (algo que no ocurre en las consultas de Nueva Zelanda) debería llegar el día en que entre todas las bibliotecas de este nuestro país construyéramos un depósito nacional único o en su defecto 17 depósitos autonómicos, donde preservar, por si las moscas, una colección histórica de las revistas científicas. Seguro que esta es una propuesta obsoleta, carca y demodé, pues lo electrónico nos ofrecerá en cinco segundos, por suscripción o libre, el primer artículo de BMJ publicado a mediados del siglo XIX, pero donde esté el placer dentro de doscientos años de poder leer en papel una revista con una solera de trescientos años….

(Por José Manuel Estrada. Bibliotecario y documentalista)

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