La bibliotecaria que nunca existió

desayuno1La joven Holiday (“Holly”) Golightly y su amigo, el joven y prometedor escritor que hace las veces de narrador, habían nacido en 1958 de la imaginación y de la máquina de escribir del estadounidense Truman Capote. Holly era una joven de veinte años huida de la América rural, instalada en un pequeño apartamento de Nueva York y muy bien relacionada con los más solicitados varones de la alta sociedad. En otro apartamento de la misma casa vivía un joven que intentaba, sin mucho éxito, ser escritor. El joven, paseando un día por los alrededores de la Biblioteca Pública de Nueva York, vio cómo Holly entraba en dicho edificio…:

Una tarde, mientras estaba esperando un autobús en la Quinta Avenida, me fijé en un taxi que aparcaba en la acera de enfrente. Se apeó una chica, que luego subió corriendo la escalera de la biblioteca pública de la calle Cuarenta y dos. Entró antes de que la reconociese, cosa disculpable dado que no era fácil relacionar a Holly con las bibliotecas. Dejé que la curiosidad me empujara a pasar entre los leones de la entrada, mientras discutía conmigo mismo sobre qué era más conveniente, si reconocer ante ella que la había seguido, o fingir que era una coincidencia. Al final no hice ni una cosa ni la otra, sino que me escondía varias mesas de distancia en la sala de lectura, que es donde ella se había instalado, parapetada detrás de sus gafas oscuras y una fortaleza de libros que había amontonado en su pupitre. Pasó a toda velocidad de un libro a otro, se detuvo intermitentemente en alguna que otra página, siempre con el ceño fruncido, como si las letras estuvieran impresas del revés. Tenía un lápiz apoyado en el papel: nada parecía llamar su atención aunque, de vez en cuando, como si fuera de pura furia, garabateaba laboriosamente. […] Estas profundas observaciones hicieron que me olvidase del lugar donde me encontraba, volví en mí, sobresaltado por la sombría luz de la biblioteca, y totalmente sorprendido otra vez de encontrar allí a Holly. Eran más de las siete, y estaba retocándose el carmín de los labios, y modificando, mediante la adición de un foulard y unos pendientes, el atuendo que le había parecido más adecuado para una biblioteca a fin de convertirlo en el adecuado para el Colony. Una vez se hubo ido, me acerqué a la mesa en donde había dejado sus libros, que eran lo que yo quería ver. El sur del pájaro del trueno. Rincones desconocidos del Brasil. La mentalidad política latinoamericana. Y así sucesivamente.”

Tres años más tarde, Blake Edwards, con ayuda del guionista George Axelrod  (y basándose en el relato “Breakfast at Tiffany’s) dieron vida cinematográfica a Holly (Audrey Hepburn) y al escritor (George Peppard), que en el film tomaba el nombre de Paul Varjak. La escena en la biblioteca pública de Nueva York, ideada por Capote, adquiría así forma cinematográfica:

Guionista y director acudirían una segunda vez a la biblioteca pública (o, mejor dicho, una primera vez, pues la secuencia es temporalmente anterior a la ya comentada líneas arriba) cuando Holly y Paul deciden realizar una mañana ciertas travesuras y transgresiones para celebrar que el escritor ha recibido 50 dólares de su editor por un cuento que le acaban de publicar. Acuden a Tiffany’s con la ingenua intención de comprar una joya por un importe inferior a los 10 dólares, roban a la carrera unas caretas de plástico en unos grandes almacenes y además, por iniciativa de Paul, entran en la Biblioteca Pública de Nueva York. Allí, el escritor explica a Holly cómo funciona una biblioteca o para qué sirven las gavetas con las fichas catalográficas de los libros. Ella decide buscar en dichas gavetas el único libro que hasta ahora ha escrito su amigo y ante su asombro lo encuentra en uno de los ficheros. Deciden entonces pedirlo a un joven bibliotecario y tras, unos minutos de espera, son llamados al mostrador para recoger su petición. Holly intenta explicar en voz alta que Paul es el autor del libro y la bibliotecaria (interpretada por la actriz Elvia Allman) les pide con toda lógica, dado el lugar, que guarden silencio. Mientras, Paul comienza a garabatear un autógrafo en su propio libro, a lo que la bibliotecaria (sin gafas y sin moño, toda un signo de modernidad) les recrimina que están dañando una propiedad pública. Deciden marcharse y entonces, con gran sensatez, Holly sentencia que en “Tiffany’s son más simpáticos”.

Sin embargo, esta bibliotecaria que les ruega silencio y les recrimina….

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nunca existió. Ni en la imaginación ni en la prosa de Truman Capote. Quizás porque al escritor:

UNO.- No le gustaban las bibliotecarias (como a muchos de nuestros dirigentes, si nos atenemos a los continuos los recortes presupuestarios)

DOS.- Las tenía en alta consideración, y por ello no era cuestión de escribir para ellas un  insignificante papel en su corta novela (algo que no parece plausible en un país como el suyo, donde bibliotecas y bibliotecarias gozan de alta estima social)

TRES.- La novela era tan corta y con tan pocos personajes que no había lugar además para una bibliotecaria neoyorquina (de hecho, aunque parezca mentira, hay muchas novelas en las que no figura la más mínima bibliotecaria entre sus personajes); y

CUATRO.- Consideraba que las bibliotecas gozaban de tal proceso de automzatización, que no era necesario una bibliotecaria (ni más ni menos como piensan algunos de nuestros gestores, aunque éstos no creo que sea porque piensen que nuestras bibliotecas están altamente automatizadas).

Al margen de estas elucubraciones, y vista la escena filmada por Blake Edwards, a quien de verdad parece que no le gustaban las bibliotecarias era al propio director o, en su defecto, a  su guionista (quizás todo sea un ajuste de cuentas cinematográfico ante una bronca por un préstamo no devuelto en fecha o una pequeña venganza de guión por un noviazgo mal avenido con una profesional bibliotecaria).

(Por José Manuel Estrada. Bibliotecario y documentalista)

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3 respuestas a La bibliotecaria que nunca existió

  1. Encanto dijo:

    Que coincidencia, justo la semana pasada dieron por la tele Desayuno con diamantes, y la grabé para poder verla, y ahora leo tu post, con lo que el revisionado de la película será completo gracias a tus anotaciones.
    Y me ha sorprendido las creencias de Capote respecto a las bibliotecarias, en fin, que se le va a hacer.

    • Las creencias de Capote son un invento, eh? Estoy convencido que alguien que era capaz de escribir lo que escribía como escribía, amaba los libros, las bibliotecas y a las bibliotecarias (metafóricamente hablando).

  2. Elena Primo dijo:

    Como siempre, genial

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