La biblioteca de Avicena

El médio (2013)

El médio (2013)

Entre esteretipos y tópicos, el cine ha preferido antes mostrar bibliotecas modernas y contemporáneas (o futuribles, como la de “La guerra de las galaxias”) que las del pasado remoto. De tiempos pretéritos conocemos los trabajos en Alejandría de Hypatia (recogidos por Amenábar en “Ágora“) o las labores de difusión y conservación de los monjes medievales (a través de “El nombre de la rosa” de Jean-Jacques Annaud), pero no es que se prodiguen mucho que digamos en pantalla las bibliotecas anteriores a la imprenta. A este par de ejemplos habría que sumar ahora la biblioteca de Isfahán, a la que llega el joven Rob Cole para aprender todos los conocimientos del sabio, médico, astrónomo y filósofo Ibn Sina, más conocido en Europa como Avicena.

Estamos hablando de “El médico” (2013), película alemana de Philipp Stölzl basada en el best-seller homónimo de Noah Gordon, con el que guarda no pocas diferencias (consentidas, pues en la elaboración del guión participó también el escritor). Diferencias que afectan no sólo a los orígenes del médico en Inglaterra (donde trabaja en una mina y no forma parte de una familia de carpinteros), sino también  a sus relaciones sentimentales con la joven Rebeca (mujer de un rico judío de Isfahán, y en sus orígenes literarios hija de un comerciante de ganado escocés), a sus vicisitudes (centradas exclusivamente en la capital persa, cuando en la novela sus habilidades como galeno le hacen viajar a distintos destinos) como a su final (la historia cinematográfica termina al poco de su llegada a Londres, donde ha incluso construido un hospital, mientras que en el texto debe de huir a Escocia, junto a la familia de su esposa, perseguido por haberse hecho pasar en Persia por judío renunciando a su condición de cristiano). Si bien ambas coinciden en su aprendizaje con un barbero, buhonero y charlatán, que va de pueblo en pueblo por la Inglaterra medieval vendiendo pócimas milagrosas y seduciendo mujeres; en sis dotes por reconocer la inminente muerte de quienes toca con mano; y en sus ansias por aprender la medicina con el mejor sabio del momento (Avicena, en Isfahán) así como en sus lucha por atajar cuantas epidemias y enfermedades se topan en su camino.

Tras un largo periplo que le lleva en barco a Egipto y de allí en caravana hasta Isfahán, tras ser rechazado violentamente cuando intenta acecder en presencia del médico Avicena, por consideración de éste el joven inglés aprendiz de médico (que se hará pasar por judío para poder sobrevivir en el mundo oriental) será aceptado en la madrasa donde imparte clases el afamado doctor. Clases recibidas en torno al maestro, situado éste en lugar preeminente, ante un fondo de armarios en madera donde se atesoran todos los conocimientos del presente y del pasado (debemos al Islam la trasmisión de la cultura grecorromana, perdida en los años oscuros del Medievo europeo, y de las culturas milenarias de la India y China).

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No es éste otro lugar sino la biblioteca de la madrasa de Isfahán, una de las más antiguas de especialidad médica que en pantalla se hayan visto. Una biblioteca circular (con sus mesas para el  estudio también dispuestas en círculo), repleta de anaquerles y armarios labrados y ricamente decorados que ascienden hasta el techo, que guardan libros y rollos en abundancia, de todas las disciplinas médicas (el joven Cole se asombrará de la ingente cantidad de sabiduría guardada cuando, buscando un libro sobre enfermedades infecciosas para atajar la peste que asola Isfahán, descubre que sobre infecciosas existe todo un armario con más de 30 o 40 obras, cuando él tan sólo esperaba una). No en vano, el mundo árabe fue el artífice de la difusión del papel, esa invención china, por todo el mundo y con ello permitió la proliferación, repetición, copia y disfusión de cientos de escritos salvaguardando los saberes de las culturas milenarias. Escritos al alcance de todos los estudiantes, que los utilizaban como herramienta de estudio y de trabajo, pero que aún contenían lagunas, lagunas sobre todo relacionadas con la estructura del cuerpo humano, cuya anatomía interior era, según argumento de la película, desconocido por todos, pues eran más fuertes las estrictas tradiciones religiosas que las ansias de saber. Saber que lleva al joven Rob Cole (o, más bien, diríamos Jesse ben Benjamin) a abrir clandestinamente el cadáver de un anciano (en un sótano y bajo las luces de unas velas), para desentrañar los misterios del cuerpo humano, e irlos poco a poco dibujando en sus papeles con la habilidad de un cirujano. Descubrimientos herejes, contrarios a las creencias religiosas de las más fanáticas autoridades religiosas (representadas en un imán ultraconservador), que le permitirán, por un lado, salvar al sha de un ataque agudo de apendicitis (el “mal del costado”) pero que a su vez le llevarán también ante un tribunal musulmán que le condenará a la pena de muerte po haber osado indagar en los misterios del cuerpo humano.

Una biblioteca abierta a todos los estudiantes de medicina que acudían a la madrasa, famosa por sus tesoros, variada y completa en sus conocimientos conservados, pero peligrosa para los integristas que al final del film arrasan Isfahán, derrotan al sha y llevan al mismo Avicena al suicidio (en una invención cinematográfica carente de toda verosimilitud pero resultona cinemtográficamente). Un mismo fin éste de la biblioteca de “El médico”, sucumbiendo a las llamas de los exaltados, que el de otras muchas bibliotecas que en el mundo han sido y que nos han dejado un poco más ignorantes a todos, como la de Alejandría, como la de Sarajevo… Una biblioteca médica más, famosa e histórica, que se suma a la corta lista de bibliotecas médicas de existencia audiovisual.

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Por José Manuel Estrada. Bibliotecario y documentalista

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