No es oro todo lo que reluce

quimeraLos grandes genios han dejado su impronta en momentos estelares de la humanidad, cuando aún no había micrófonos abiertos pero sí cronistas que tomasen nota de las frases históricas que, ciertas o no, debían pronunciar, pues para eso eran unos genios (de la estrategia política, de la ciencia, de las artes…). Se atribuye a Napoleón, a la vista de las Pirámides, aquello de “cuarenta siglos os contemplan” (cuando cualquier mortal hubiera dicho en su lugar: ¡hostia, vaya casas!) y a Julio César, acribillado a puñaladas, aquello de “¿tú también, hijo mío? (cuando lo normal es que hubiera dicho: ¡seréis cabrones!). Pero para eso eran unos genios, pues, sin ir más lejos, a otros, que no lo son ni lo serán ni por asomo, sólo se les ocurre aquello del “relaxing coffee cup” (¿se imagina uno a Cleopatra delante de Marco Antonio diciéndole esta misma frase y con “ese tono”?, directa a galeras, se queda sin el trono de los Ptolomeos y no hubiera pasadao a la historia ni por su nariz).

Momentos estelares para brillar como genios se suceden cada mes de abril (con la entrega de los Óscars de Hollywood), los 4 y 14 de julio (fiestas nacionales en los Estados Unidos y Francia) y los 10 de diciembre, cuando en los países del frío se entregan una retahíla de Premios a los menos descerebrados de la humanidad: los más insignes literatos, científicos, pacifistas… Este año, el recién Premio Nobel de Medicina, Randy Schekman,  aprovechó tan magno acontecimiento para lanzar una diatriba (que le llevaba reconcomiendo unos cuantos años) contra las grandes revistas científicas que en el mundo son: “Por qué revistas como Nature, Science y Cell hacen daño a la ciencia”.

randySe lamenta Schekman en su escrito de los actuales incentivos a la carrera investigadora: “los sistemas imperantes de la reputación personal y del ascenso profesional significan que las mayores recompensas a menudo son para los trabajos más llamativos, no para los mejores”. Un sistema donde las grandes revistas ya no son un paradigma de calidad investigadora porque “promocionan de forma agresiva sus marcas, de una manera que conduce más a la venta de suscripciones que a fomentar las investigaciones más importantes”.  Y compara a estas grandes revistas (que él califica “de lujo”), como Nature, Science o Cell, con los grandes diseñadores de moda, pues “saben que la escasez hace que aumente la demanda, de modo que restringen artificialmente el número de artículos que aceptan. Luego, estas marcas exclusivas se comercializan empleando un ardid llamado ‘factor de impacto’…”. Pasa luego este autor a desmontar la panacea de este indicador bibliométrico, que ha pervertido la evaluación de la ciencia: “La teoría es que los mejores artículos se citan con más frecuencia, de modo que las mejores publicaciones obtienen las puntuaciones más altas. Pero se trata de una medida tremendamente viciada, que persigue algo que se ha convertido en un fin en sí mismo, y es tan perjudicial para la ciencia como la cultura de las primas lo es para la banca”.

El Nobel de Medicina expresa en público y en voz alta lo que otros muchos críticos con este sistema evaluador de la ciencia también antes que él han comentado: “Es habitual, y muchas revistas lo fomentan, que una investigación sea juzgada atendiendo al factor de impacto de la revista que la publica. Pero como la puntuación de la publicación es una media, dice poco de la calidad de cualquier investigación concreta. Además, las citas están relacionadas con la calidad a veces, pero no siempre. Un artículo puede ser muy citado porque es un buen trabajo científico, o bien porque es llamativo, provocador o erróneo”. Comenta después que este proceso viciado está contribuyendo a que se publiquen artículos según las modas y los intereses de las revistas, que no se publiquen otros trabajos que podrían hacer avanzar la ciencia (porque no interesan a estas publicaciones) y, en sus propias palabras: “lo que quizás es peor, [Science] no ha retirado las afirmaciones de que un microorganismo es capaz de usar arsénico en su ADN en lugar de fósforo, a pesar de la avalancha de críticas científicas”.

Para paliar este sistema viciado, incongruente e interesado, Schekman propone dirigir las miradas a las nuevas publicaciones surgidas al albor del “Open Access” (“muchas están dirigidas por científicos en activo, capaces de calibrar el valor de los artículos sin tener en cuenta las citas”, añade), anima  a patrocinadores e instituciones a olvidarse de estas revistas de prestigio e invita a los autores a “liberarse de las tiranía de las revistas de lujo”: “Como muchos investigadores de éxito, he publicado en las revistas de renombre, entre otras cosas, los artículos por los que me han concedido el Premio Nobel de Medicina, que tendré el honor de recoger mañana [esto lo decía el 9 de diciembre] . Pero ya no…. Y animo a otros a hacer los mismo”.

jbSabias palabras de un sabio que no debieran caer en saco roto. Pasémonos pues, del lado oscuro de las publicaciones tradicionales a las bondades del nuevo sistema de publicaciones en acceso abierto… donde, no es por nada, también cuecen habas. Un biólogo e investigador de Harvard, John Bohannon, escribió un trabajo ficticio que fue enviado en septiembre de 2013 a cientos de publicaciones en acceso abierto, siendo aceptado por más de 150 (la mayoría ubicadas en la India). El citado estudio presentaba las propiedades anticancerígenas de un producto inexistente (cobange) a cargo de un autor cuya institución de trabajo (Wassee Institute of Medicine) también era inexistente. Todo un engaño que, no obstante y aún no está todo perdido, también fue rechazado por casi un centenar de revistas, que no se creyeron el estudio. Entre ellas, PLoS ONE, que respondió señalando una larga lista de problemas éticos que habían detectado en la investigación y que dificultaban su publicación.

emilioPues no nos queda más que Google. Tampoco. Otro estudio ingenioso (y también falso), promovido por investigadores de la Universidad de Granada y Navarra, a cuya cabeza figura el bibliómetra y profesor Emilio Delgado López-Cózar, ha desatado todas las alarmas en Google Scholar. El citado falso trabajo ha sido  atribuido, con cierta gracia y malicia, a un investigador que dice llamarse Marco Alberto Pantani-Contador. Este “falso estudio” fue colgado en una página web de la Universidad de Granada y, enseguida, Google lo detectó e indexó (sin verificar ni su calidad ni sus contenidos), de tal forma que los autores y trabajos referenciados en este “inventado artículo” fueron viendo cómo sus citas aumentaban en Google Scholar, mejorando “artificialmente” su curriculum de citaciones.

¿Tú también, hijo mío? Menos mal que nos queda París. (¿O tampoco?)

Por José Manuel Estrada. Bibliotecario y documentalista

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3 respuestas a No es oro todo lo que reluce

  1. Elena Primo dijo:

    Genial!!!.
    Un resumen estupendo de los ultimos hechos que estan removiendo el mundo de la publicación cientifica

  2. kmilo dijo:

    Genial hombre, q fino humor, y gracias por la info

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