Ellas y ellos

La costilla de Adán (1949)

La costilla de Adán (1949)

De siempre se ha dicho que nada como una mujer para organizar la economía doméstica, y de otra forma nos hubiera ido en el concierto internacional si ministros de economía y directores de bancos nacionales hubieran sido más femeninos. Aunque sea todo un topicazo es una verdad como un templo. Otros tópicos han hablado durante siglos de las diferencias entre los sexos, e incluso los best-sellers se han encargado de ahondar en estas diferencias con títulos tan llamativos como el archimentado: “Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no saben leer los mapas”. Tópicos y más tópicos (las mujeres conducen peor que los hombres, los hombres son más fuertes que las mujeres, las mujeres sirven para las letras y los hombres para las ciencias…) que la sociedad machista y patriarcal se ha encargado de difundir para mantener un poderío cada día más tambaleante. No obstante, existen ciertas diferencias (eso es cierto) entre hombres y mujeres, como existen entre el vecino del  5º y el vecino del 3º, entre un gordo y un flaco, entre un listo y un memo integral… Porque felizmente todos somos distintos…  aunque todos cometamos una y otra vez las mismas estupideces.

Hace unos días podíamos leer en la prensa nacional e internacional el enésimo estudio que explica definitivamente el porqué de las diferentes actitudes y comportamientos de hombres y mujeres. Unos científicos de Pennsylvania, en los Estados Unidos pnaslogo(¿dónde si no?) acaban de publicar un artículo en Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America –PNAS- (“Sex differences in the structural connectome of the human brain”) en el que intentan demostrar las razones biológicas que expliquen por qué, en general, los hombres  tienen más capacidad para las habilidades motoras y las mujeres las tienen para las habilidades sociales y memorísticas. Al parecer, según estos investigadores, en los cerebros de las mujeres analizados para este estudio existe una mayor conectividad entre los dos hemisferios (el izquierdo, donde se aloja lo racional, y el derecho, donde se aloja lo intuitivo), mientras que en los cerebros analizados de los hombres existe una mayor conectividad en el interior de cada hemisferio. Esta circunstancia podría explicar esas diferencias de habilidades ya milenarias entre uno y otro sexo.

Ello explicaría también, con meridiana claridad,  por qué la profesión bibliotecaria desde tiempos de Maricastaña ha sido siempre una profesión eminentemente femenina (no hay más que recordar a Hipatia y compañía). Las bibliotecarias, de siempre, han tenido mejores dotes para la memorización de cuantos documentos y libros se apilaban en orden en las estanterías y depósitos de sus bibliotecas, y no ha sido hasta la automatización de las mismas (cuando ya no ha sido necesario memorizar tanto, pues un simple click en el botón de “search” nos descubre miles y miles de registros bibliográficos) cuando los hombres nos hemos ido incorporando a las tareas de responsabilidad bibliotecaria. Hasta hace pocos años, como producto de ese tópico que hablaba de que los hombres eran más fuertes que las mujeres,  más nos dedicábamos al acarreo de libros y más libros desde los almacenes a las salas de lectura, pues con la tópica y proverbial “mejor orientación masculina” tardábamos algunos minutos menos en deambular por estrechos pasillos entre anaqueles repletos de documentos.

Simonescu Romanescu, concentrado, recitando de memoria los MeSH

Simonescu Romanescu, concentrado, recitando de memoria los MeSH

Estas diferencias de género en las funciones bibliotecarias me traen el recuerdo de otras insignes bibliotecarias y bibliotecarios que han sido mencionados también en
estas páginas (Para récords… los de las bibliotecarias),  como el inaudito caso, por ser hombre, de Simonescu Romanescu, de la Real Biblioteca Médica de Moldavia, capaz de recitar de memoria y en orden inverso los términos MeSH.  Pero, sobre todo, merece la pena recordar la existencia de los gemelos Brandon (cuyas peripecias vitales fueron plasmadas por Mark Twain en un relato breve, “The twin librarians”, allá por principios de siglo XX, publicado por entregas en el New York Times). Los Brandon fueron, a la sazón, iniciadores de una gran familia de bibliotecarios (los Brandon de Connecticut), entre cuyos descendientes figura el  famoso Alfred Brandon, el de la lista). Volviendo a nuestros gemelos, Sarah Jessica y Edgard Hypolitus, que así se llamaban ambos por decisión de sus progenitores, nacieron en Boston el mismo día y de la misma madre (de ahí que fueran gemelos, mayormente). Recibieron una misma esmerada educación y sus padres se esforzaron porque los dos crecieran en sabiduría y bondad (especialmente porque crecieran, pues de pequeños no pasaban del percentil 25). Hasta el aciago día en que ambos al unísono, y a la hora del desayuno, comunicaron a sus atónitos progenitores que deseaban ser bibliotecarios.

La madre de los Brandon, cuando se enteró que sus gemelos querían ser bibliotecarios

La madre de los Brandon, cuando se enteró de que sus gemelos querían ser bibliotecarios

La madre estalló en un llanto que le duró hasta el fin de sus días (aún hoy hay vecinos que oyen lamentos tras las puertas del panteón familiar) y el padre decidió desde entoncesd cambiar de apellido para no soportar este baldón familiar (e incluso cambió de costumbres y de indumentaria para no ser reconocido por los feligreses de la iglesia presbiteriana a la que pertenecía la familia). Los gemelos hubieron de realizar todo tipo de penosas tareas laborales (como servir copas en un pub o hacer de guías turísticos entre la comunidad oriental) para sufragarse sus estudios de biblioteconomía, en los que descolló, como no podía ser menos, Sarah Jessica, que obtuvo el premio extraordinario de su promoción. Azares del destino hicieron que a la fiesta de licenciatura de ambos hermanos (y de sus compañeros, claro) fuera invitado el director de la National Library of Medicine, quien quedó prendado de la gracia en la dicción y en los ademanes de nuestra protagonista, que también el azar quiso fuera la encargada de pronunciar el discurso de despedida de los alumnos licenciados (la alumna elegida en primera instancia, Carrie Helen, había sufrido la noche anterior unas virulentas viruelas). De tal forma que a la mañana siguiente nuestros gemelos se encontraban en el despacho del director de recursos humanos de la NLM formalizando su ingreso en tan venerada institución. Las pruebas iniciales de ingreso no hicieron constatar más que lo que ahora los sabios de Pennsylvania han dejado por escrito.

Sarah Jessica, una mañana habitual, atendiendo a 15 usuarios a la vez

Sarah Jessica, una mañana habitual, atendiendo a 15 usuarios a la vez

De tal forma que Sarah Jessica fue destinada a la sección del Catálogo y Edgard Hypolitus a los almacenes. Cuentan las crónicas (y Mark Twain se hizo eco de ellas en su breve relato) que Sarah Jessica era capaz de atender a quince  usuarios simultáneamente en el mostrador de recepción  (con gran satisfacción, todo sea dicho,  por parte de cada uno de ellos). Así mismo, era capaz de memorizar todas las solicitudes de libros para su lectura en sala realizadas cada mañana (junto con el nombre del usuario y su color de ojos). Dado que su hermano Edgard Hypolitus era incapaz de memorizar de corrido tres títulos de libros, Sarah Jessica optó por dejar por escrito estas solicitudes, lo que dio origen al “Libro de Registro de Solicitudes de Libros de la Sala Principal de la NLM”, que hoy se conserva en el Smithsonian Museum.

Los sótanos de la NLM, por losque s emovía Edghard Hypolitus como Pedro por su casa

Los sótanos de la NLM, por los que se movía Edgard Hypolitus como Pedro por su casa

Sin embargo, cuentan también las crónicas que si bien Edgar Hypolitus era incapaz de memorizar cinco títulos seguidos de libros de anatomía comparada (aunque curiosamente era capaz de recordar de corrido los nombres de los jugadores de béisbol de los Nacionales de Washington) era capaz de situarse en el último rincón del séptimo sótano de la National Library y, con las luces apagadas y sin brújula (y, por supuesto, sin GPS), regresar a la salida después de haber recorrido estrechos vericuetos, pasillos y estancias,  con los diez libros que se le habían solicitado –por escrito- para el préstamo bibliotecario (¡y en apenas cinco minutos!). Todo transcurría con normalidad hasta que se mascó la tragedia el fatídico jueves 29 de octubre de 1929, cuando un apagón de luz sorprendió a Sarah Jessica revisando los fondos bibliográficos en el 5º sótano y a Edgard Hypolitus en el mostrador principal dejando un pedido de solicitudes. Sarah Jessica tardó dos días en salir de los sótanos, perdida una y otra vez entre miles y miles de estanterías que parecían todas idénticas, y Edgard Hypolitus fue incapaz de prestar simultáneamente dos libros (es sabida la incapacidad masculina para hacer dos cosas al mismo tiempo), con lo que la cola de usuarios llegó en pocos minutos a dar dos vueltas al edificio de la NLM, colapsando el tráfico de los alrededores. Desde entonces, la dirección prometió instalar unos generadores para evitar otro apagón, y ambos gemelos juraron por lo más sagrado no moverse de su puesto durante la jornada laboral (exceptuando la pausa para el almuerzo).

Los Brandon, jubilados, en su granja de Alabama

Los Brandon, jubilados, en su granja de Alabama

Cuentan también las crónicas que, cuando se fueron automatizando las bibliotecas, ambos gemelos decidieron abandonar la profesión, pues ya no era necesarias con los OPACS las capacidades memorísticas de Sarah Jessica ni con los robots de los almacenes las habilidades localizadoras de Edgard Hypolitus. Ambos optaron por abandonar el mundanal ruido e instalarse en una granja de Alabama, donde según revelaron algunos vecinos a un periódico local no era extraño oír recitar desde la calle a Sarah Jessica  y a sus tres hijas la lista completa de los presidentes de los Estados Unidos (del derecho y del revés), como tampoco era extraño ver a menudo deambular por los pasillos de los supermercados a Edgard Hypolitus haciendo la compra familiar con una rapidez encomiable, en compañía de sus cinco hijos varones. Pero esto no son mçás que habladurías sin ninguna base científica.

Por José Manuel Estrada. Bibliotecario y documentalista

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3 respuestas a Ellas y ellos

  1. Sol Elarien dijo:

    ¡Qué bueno! Besos: Sol.

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