Cómo nos ven

LaInsoportableLevedaddelserLlevamos años hablando de la crisis de las bibliotecas, de nuestras funciones, de reinventarnos para sobrevivir en un futuro incierto. Siendo “boutiques” de fotocopias y centros casi exclusivos de obtención de documentos tenemos los días contados. La automatización, las bibliotecas virtuales y las redes sociales nos han dado alas, aunque nos han arrebatado usuarios presenciales. Pero seguimos vivas. Con la espada de Damocles de un posible cierre y una posible reconversión, pero seguimos vivas, y esa supervivencia depende casi únicamente de nosotros (o casi, siemptre expuestos a la última ocurrencia demencial de algún consejero, gerente o director general con un umbral de inteligencia muy inferior al esperado en esos cargos). Estas reflexiones acerca de nuestro presente y nuestro incierto futuro no sólo ocupa nuestras vigilias, nuestros blogs y nuestros congresos y jornadas. También atrae a pensadores con más inteligencia y sabiduría que los mencionados consejeros, gerentes y directores generales (para ello hace falta mucho, la verdad). Hace elpais1unos días, en el suplemento Babelia del periódico El País (9 de noviembre de 2013), el filósofo vasco Daniel Innenarity publicaba un artículo en la sección “Pedradas filosóficas” con el sugerente título de “Templos o almacenes”, en el que reflexiona sobre el papel de las bibliotecas en este mundo inmensamente tecnológico y recuerda nuestra misión como garantes del conocimiento pasado.

babelia

Comienza su texto el autor refiriéndose a las bibliotecas como entes del presente y no de un pasado momificado (“La primera dificultad para adivinar qué futuro les espera a las bibliotecas procede del hecho de que nos estamos refiriendo a una institución viva”), para sugerir luego la necesidad de su reubicación en este siglo XXI: “El hecho de que las bibliotecas, en virtud de las nuevas tecnologías, no sean simplemente lugares donde se guardan libros y revistas, sino instituciones en las que se gestiona la información, ha llevado a algunos a declarar su final, la muerte de la biblioteca, cuando tal vez lo que habría que decir es que se trata más bien de una transformación destinada a garantizar su supervivencia, lo que indudablemente implica una redefinición de su tarea”.

Prosigue más tarde definiendo las funciones históricas de las bibliotecas en función de la pérdida de los libros escritos (por ello, las bibliotecas han tenido tradicionalmente una función de guardianes y custodios del saber) pero también de su publicación en exceso: “La proliferación textual puede convertirse en un obstáculo para el conocimiento. Desde Alejandría, el sueño de la biblioteca universal se ha instalado en la imaginación de los seres humanos, pero desde hace tiempo ese sueño parece más bien una pesadilla…”.

Para luchar contra este exceso de información, el filósofo propone dos vías: una, la simple eliminación (lo que toda la vida hemos llamado “expurgo” en las bibliotecas). A esta vía expeditiva nos enfrentamos en las bibliotecas todos los días pues, comenta comenta el articulista, “cualquier biblioteca que esté viva termina por enfrentarse a la incómoda cuestión de qué hacer con ese elevado porcentaje de libros que ni son leídos o de revistas que nadie va a consultar y que ocupan espacio”. La segunda vía la define como “reducción orientativa”, consistente en “la elaboración de instrumentos capaces de seleccionar, ordenar, clasificar, jerarquizar, orientar. La inteligencia es menos acumulativa que discriminativa; consiste en desarrollar filtros para la tarea ecológica de procesar la información, cuyo espesor amenaza con provocar una entropía cognitiva. Los museos, archivos, bibliotecas son hoy lugares de una peculiar ecología cultural: su función es menos salvar la cultura de su destrucción cuanto más bien realizar un elección significativa de la cantidad de basura cultural acumulada” (estas tareas, desde luego, nunca nos han sido ajenas, o ¿cuánto tiempo llevamos seleccionando información para que un usuario se llevara una búsqueda de 5o referencias relevantes en vez de otra de mil quinientas, muchas de ellas imprescindibles?).

Poco después, lanza un mensaje de optimismo a nuestras bibliotecas, donde ya estamos trabajamos más con información digital/virtual que con información impresa: “La biblioteca del futuro será, ya lo es, en buena medida digital, multimedial, nudos de accesibilidad a bases de datos, servidores de conexión universal, pero no parece que vaya a disolverse en la pura virtualidad: seguirá habiendo libros y lugares para leerlos”. Paradójicamente, sobre todo porque llevamos viviendo unos cuantos años en los que los recursos económicos han ido mermado nuestras posibilidades, la persistencia de las bibliotecas ante el acoso de lo digital es más bien una razón de tiempo: “La inmaterialidad y fluidez de la información digital no exigen espacio físico, pero reclama tiempo. Las bibliotecas y los lectores se han enfrentado siempre a las limitaciones del espacio, a la dificultad de hacer un lugar para todo lo que parece digno de ser conservado; en el universo digital el límite más obstinado tiene que ver con el tiempo, concretamente con el tiempo que podemos emplear para leer lo que merece ser leído, un tiempo limitado que nos sigue obligando a seleccionar y que haya mecanismos, instituciones y profesionales que nos faciliten esa selección”.

Termina así el autor esta sosegada reflexión sobre las bibliotecas y este canto a su pervivencia, avisando del peligro de los excesos de la información, no encontrar lo que uno busca: “La idea de que la biblioteca clásica va a disolverse completamente en la virtual presupone que podemos navegar por el universo de datos sobre una pantalla sin que nos asalte la inquietud acerca de si hemos encontrado todo lo relevante o falta algo. El universo digital es un medio extraordinario donde se encuentran demasiadas cosas y nos ayuda muy poco a la hora de determinar qué es lo que deberíamos propiamente buscar. Cualquiera es capaz de encontrar lo difícil es buscar”.

Para esto, para encontrar lo imposible, para buscar lo relevante y para guiar al usuario digital, las bibliotecas (y creo no exagerar) somos únicas, sacando de la chistera o bajo las piedras ese capítulo, ese libro, ese artículo o ese información que el usuario no encontraba de ninguna de las maneras (aprovechando, sobre todo, con lo que contamos en las bibliotecas y no cuentan nuestros usuarios: una extensa red profesional de bibliotecarios amigas y compañeras).

Concluye Innenarity que “se necesitan lugares en los que la literatura más utilizada (con todo lo controvertido que esto pueda resultar) sea fácilmente disponible en forma de libro”. Que nuestros consejeros, nuestros gerentes, nuestros directores generales, nuestros políticos le oigan (o mejor dicho le lean). Nosotros tenemos claro que nuestras funciones pueden ser ilimitadas si nos esforzamos en ello, pero tan exiguas como nuestros superiores determinen.  Haciéndonos valer ante nuestros usuarios, seleccionado entre esta maremágnum de información y recuperando lo ininencontrable, tendremos garantías de supervivencia, aunque nuestros recursos económicos mermen cada año con los nuevos presupuestos de nuestra correspondiente Comunidad y consejería.

Por José Manuel Estrada. Bibliotecario y documentalista

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