Revistas invisibles

"El hombre invisible" (1933)

“El hombre invisible” (1933)

La semana pasada recordábamos en estas páginas la existencia de las revistas florero, de adorno, de ambientación, de atrezzo. Esas revistas que hacen más creíble una secuencia de una película o un episodio de televisión aportando realidad desde la más pura irrealidad o ficción. Pero nos olvidamos de mencionar a sus primas hermanas, las revistas invisibles.

Revistas que sí existen, que tienen su factor de impacto, que pueden estar o no encuadernadas, con sus cartas al editor, sus artículos originales y sus revisiones… Revistas de tinta y papel que están ocultas a la vista del usuario y del lector. Y no porque un ilusionista como David Copperfield las haya hecho desparecer ante el público, como hizo desparecer en directo ante la audiencia un avión o todo un edificio. Son invisibles sencillamente porque permanecen ocultas, como un Edmundo Dantés, en los fondos recónditos de la institución, en almacenes alejados de la vida humana, en compactos cuyas ruedas chirrían al girarse o depositados con mimo (o con desgana) en cajas de cartón de una empresa de mudanzas con un destino más cercano al destructor de papeles que a su exposición futura en estanterías.

Como dice la manida frase repetida hasta la saciedad, el saber ocupa lugar. Y mucho. Cientos y cientos de estanterías repletas de revistas que en su día fueron la máxima novedad, que los lectores esperaban impacientes porque en su último número aparecía publicado ese primer artículo que tanto les había costado publicar o porque recogía los datos de un ensayo clínico que prometía los ansiados avances de su especialidad. Revistas que, con el paso del tiempo y aún atesorando muchos conocimientos, fueron envejeciendo por culpa de la explosión de la información, siendo sustituidas por las de los año en curso y venideros. Revistas que, salvo en instituciones académicas, donde sus usuarios leen lo viejo y lo nuevo, no tienen cabida en la primera línea de muchas bibliotecas hospitalarias. Revistas que, al quedar relegadas a un rincón oscuro y lejano, hurtan sus conocimientos a los nuevos y a los tradicionales lectores, y cuya resurrección es harto difícil.

Difícil porque el metro cuadrado de un hospital de una gran ciudad es un bien muy codiciado. Difícil porque su uso no es tan frecuente como el de las nuevas publicaciones. Difícil porque su acceso no siempre es fácil. El expurgo ha sido siempre una figura emblemática de las bibliotecas, indispensable para hacer hueco y aplicar la eutanasia a las viejas glorias ya inútiles y decrépitas. Pero siendo útil el expurgo en libros (¿para qué queremos ya la décima edición del Harrison si lo tenemos online?), no lo es tanto en las revistas, muchas de las cuales atesoran artículos clásicos que emergen a la luz del día con cada nueva búsqueda en PubMed. Búsquedas en PubMed que quedan mutiladas por la imposibilidad (excepto si somos anglosajones) de acceder a muchos de los antiguos fondos. Soluciones podría haber muchas, como comprar directamente los “backfiles” o archivos retrospectivos a los mismos editores que nos han vendido durante años las revistas impresas, y luego las electrónicas, para así suscribir triplemente los mismos recursos. Incluso, podríamos volver a comprar estas mismas revistas en un no muy lejano futuro cuando los editores desarrollen las revisas electrónicas en formato 3D, en las cuales podremos ver fotografías de células o tablas estadísticas en amenazador relieve como vemos cualquier película en este publicitario formato tridimensional.

Año 2083. Médicos leyendo la nueva versión del New England en 3D, en el marco de las "Jornadas sobre la Publicación Científica en el  siglo XXII"

Año 2083. Médicos leyendo la nueva versión del New England en 3D, en el marco de las “Jornadas sobre la Publicación Científica en el siglo XXII”

Otras soluciones menos costosas son posibles. Por ejemplo, disponer de una inmensísima Biblioteca Nacional en Salud, con muchísimos más depósitos de los actuales (siete u ocho plantas de sótano, por ejemplo), con tantos pasillos y estanterías como el Cementerio de los Libros Olvidados (la española, ya ejerce estas laborares salvaguardando el saber propio a través de su participación en Scielo, que no es poco, y sería pedirle demasiado si además tuviera que salvaguardar todo el saber publicado allende los Pirineos). Guardadoras del saber ya lo son muchas de las bibliotecas virtuales de las Comunidades, pero aún así se quedan cortas por mucho que salvaguarden. Podrían establecerse acuerdos de cooperación regionales donde los centros se repartieran los fondos con criterios científicos, alfabéticos o por sorteo, pero siendo españoles siempre querríamos todos quedarnos con las joyas de la corona, el BMJ o el New England. O podríamos quedarnos como estamos, pidiendo a otras bibliotecas lo que tenemos cerca (en la propia) pero guardado celosamente en cajas. En el 12 vamos a intentar acercar, airear y dar una nueva oportunidad a nuestras antiguas revistas, que se merecen volver a la luz cuales viejas estrellas de cine, esperando que de invisibles no se conviertan de nuevo en revistas de atrezzo.

(Por José Manuel Estrada. Bibliotecario y documentalista)

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2 respuestas a Revistas invisibles

  1. Elarien dijo:

    Buenos días José Manuel:
    Son pocas las revistas antiguas que contienen un artículo de interés científico actual (alguna hay). El resto el interés es histórico por lo que, a lo mejor, se podría sugerir que les hiciesen hueco en los archivos del Museo de Historia 😉
    Besos: Sol

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