Grandes incógnitas de la humanidad (5)

¿Para qué sirve una bibliotecaria (o un bibliotecario) de hospital?

quehaceMuchas y variadas actividades es capaz de ejercer cumplidamente una bibliotecaria de hospital, algunas de ellas son propias de su condición y sexo, y otras le son atribuidas por obra y gracia de la superioridad.

Estos son algunos de los menesteres para los que, día tras día y con ejemplar profesionalidad, una bibliotecaria se ve abocada desde que pone el pie en el centro hospitalario hasta que anda lo desandado al final de su jornada:

– Para abrir y cerrar las puertas, actividad en la que compite con ujieres, porteros y bedeles, actuando como un cancerbero de los conocimientos que encierran las salas bajo su custodia.

– Para encender y apagar las luces, tarea en la que compite con el farolero de “El Principito”, si bien ya no tiene que hacer uso de una pértiga para acercarse a las farolas, sino que le basta con dar al interruptor, situado justo al lado de la puerta que acaba de abrir.

– Para buscar información, competencia en la que le da cien vueltas a cualquier detective privado, con la salvedad de que además no tiene ni que que hacer fotos comprometedoras de relaciones comprometedoras, sino enviar referencias bibliográficas, textos completos, direcciones de internet,  imágenes,  factores de impacto  y presencias en el primer cuartil.

– Para requerir silencio en salas cada vez menos atestadas de profesionales (salvo en épocas de exámenes), convirtiendo las estancias de la biblioteca en un remanso de paz que invita a la reflexión, el estudio clínico e, incluso, a caer en brazos de Morfeo después de alguna guardia o una noche de farra celebrando un ascenso o un contrato de tres meses.

– Par enseñar, cual docente de secundaria o universitario, los conocimientos esenciales, las herramientas imprescindibles y los trucos aprendidos con la experiencia, para que los usuarios encuentren de la manera más rápida y eficaz posible, en las bases de datos y en los recursos de información, lo que necesitan para seguir trabajando e investigando, para seguir actualizando lo que en su día aprendieron en tantos años de aprendizaje.

– Para seleccionar, mejor que cualquier afamado y frío “headhunter”, los mejores recursos de información, las mejores revistas, los mejores documentos, la mejor información bibliográfica, los mejores manuales, y ponerlos a disposición de su comunidad de usuarios, para que éstos tengan siempre al alcance de sus manos lo mejor lo mejor, descubierto y aislado en este pajar en que se ha convertido Internet, donde  cualquier bibliotecaria es capaz de encontrar la mil veces buscada aguja.

– Para proporcionar aquel artículo soñado a una compañera que, en la lejanía y al otro lado del teléfono, de la Red o del servicio de préstamo, lo demanda para satisfacer el anhelado sueño de  un usuario, poco antes de entrar en una intervención, a punto de concluir una publicación o finalizar su tesis, o presto a presentar un proyecto de investigación al FIS.

– Para dar visibilidad a todo cuanto acontece, informativa y bibliográficamente hablando, en su entorno (artículos recién publicados, protocolos, noticias, cursos, manuales en su vigésima edición, citas e impactos), haciéndose eco de la más vertiginosa actualidad y también desempolvando del olvido para los repositorios los primeros trabajos y artículos de los fundadores de buena parte de los servicios del hospital.

– Para y para y para… y ya paramos porque, en silencio y sin alzar mucho la voz (recordemos que las bibliotecarias deben  atraer el silencio), las bibliotecarias realizan un sinfín de tareas para médicos, enfermeras, estudiantes, residentes, fisios, matronas, gestores, técnicos… Por ello, al igual que cuando un mirlo pierde un ala, un cerezo pierde su cargada rama de frutas o un/a chico/a pierde su apreciado amuleto, cuando un hospital pierde a un/a bibliotecario/a (por enfermedad, por reajustes económicos, por jubilación, por fusiones empresariales, por desidia…) sus usuarios pierden algo más que una persona que abre y cierra las puertas, que enciende y apaga las luces, que manda guardar silencio o que riega las plantas del alféízar.

Por ello, para corroborar que todas estas tareas no son una entelequia sino la más pura realidad, y al igual que Samanta Vilar o Adela Úcar han vivido “21 días” en una mina, a ciegas, boxeando, sin dormir o toreando, en este mes de junio voy a vivir en la piel de una bibliotecaria de hospital. La experiencia promete ser muy enriquecedora.

PD: A Marisa y María.

(Por José Manuel Estrada. Bibliotecario y documentalista)

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8 respuestas a Grandes incógnitas de la humanidad (5)

  1. Sol dijo:

    Los bibliotecarios son absolutamente imprescindibles en los hospitales, sin su ayuda los médicos nos perderíamos entre los recursos de información y perderíamos el tiempo sin llegar a encontrar nada útil. Eso sí, se necesita mucha paciencia para aguantar tanta visita con la misma pregunta una y otra vez, porque aunque la sala de lectura esté vacía, no sucede lo mismo con el despacho del pobre bibliotecario, que es invadido sin miramientos.
    Besos: Sol.
    Espero que en el 12 de octubre haya un lugar en el que respirar.

  2. Montaña dijo:

    Esperamos verte en esta piel no 21 días sino 21 años más, con nosotras, como una bibliotecaria más :), porque tu lo vales (no todo los chicos alcanzan esta distinción) ¡Bienvenido amigo! y ya sabes ¡hasta el infinito y más allá!

  3. César Manso dijo:

    Buen post como siempre
    y buenas noticias.
    Saludos,
    César

  4. Marisa Alonso dijo:

    ¡Menos aburrido, cualquier cosa!. Ya sabes cuanto me alegro de tenerte más en el club aún 😉
    ¡Muchos besos y ánimo a quienes no tenemos tan “dentro” por los malos vientos que soplan: siempre seréis “socios” porque os lo habéis ganado a pulso y seguro que pronto encontraréis vuestra oportunidad.

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