De María a Marian, y todo queda entre bibliotecarias

musicmanLa semana pasada dejábamos a María Moliner subida a un escenario y comentábamos el antecedente (escasos antecedentes teatrales, todo sea dicho) de Marian la bibliotecaria, que, coetánea de la Moliner, tuvo sin embargo contactos con las tablas unos 60 años antes, pero al otro lado del Atlántico (visto desde este lado, claro), allá en Nueva York, en la isla de Manhattan. Y sí, desde luego, Broadway no es Madrid, ni hablamos tan bien el inglés, pero tenemos la plaza del Callao.

Si María Moliner era producto de sí misma (y, como dicen, de su época) y ahora de Manuel Calzada Pérez, el autor teatral, Marian la bibliotecaria no pudo hacerse a sí misma porque fue criatura nacida de la imaginación del compositor Meredith Wilson (1902-1984) y de los escritores Willson y Franklin Lacey (1917-1988), quienes dieron así luz al musical “The Music Man”. Su argumento gira en torno a Harold Hill, quien se hace pasar por director de bandas de música y vende para la ocasión instrumentos, partituras y uniformes, siendo en realidad un estafador que escapa en cuanto puede con el dinero birlado a los incautos ciudadanos. Cuando en 1912 llega a River City, en Iowa, todo puede empezar a cambiar, pues allí conoce a nuestra protagonista de hoy, Marian la bibliotecaria, quien además es maestra de piano por las tardes y, en consecuencia, la única que parece tener conocimientos de música en toda la localidad.

Y ya se sabe lo que pasa cuando “chico conoce a chica” (el “boy meets girl” que dirían los americanos y leit-motiv de cientos y cientos de argumentos cinematográficos). Ella se dedica a sus menesteres, propios de un oficio serio y respetable (prestar libros, buscarlos, colocarlos, informar… como ya sabe cualquier estudiante de biblioteconomía), pero algunos usuarios, como en este caso Harold, buscan algo más. Si, querido lector, aún no ha intentado ni sabe cómo ligarse a una bibliotecaria (los antiguos dirían declararse), aquí tiene un ejemplo a imitar, burdo pero sencillo, aprovechando el servicio de préstamos a domicilio:
MARIAN: ¿Querría hacer su elección e irse?
HAROLD: Ya lo tengo.
MARIAN: Bien, ¿qué quiere llevarse?
HAROLD: A la bibliotecaria.

“The Music Man” se estrenó en Nueva York (Broadway) en 1957, obteniendo cinco premios Tony (incluido “Mejor Musical”) y superando las mil trescientas representaciones. Su versión en disco ganó también varios premios, entre ellos un Grammy, y fue número uno durante más de 240 semanas. Estos éxitos iniciales se han ido renovando década a década, pues ésta es una obra frecuentemente representada en los teatros estadounidenses (muy requerida también por grupos de teatro aficionado) e incluso ha sido llevada al cine y la televisión. La versión cinematográfica, que data de 1962 y contaba con Robert Preston (“Victor o Victoria”) y Shirley Jones (“Mamá y sus increíbles hijos”) como pareja protagonista, obtuvo un Globo de Oro al Mejor Musical y un Óscar a la mejor banda sonora. Merecido Óscar por muchos de sus números, pero sobre todo por el más que conocido de “Marian la bibliotecaria”, en el que Harold intenta vencer las defensas de Marian y conquistar su amor, burlándose de su excesivo celo por mantener la biblioteca en silencio:

Más recientemente, en 2003, ha conocido una versión televisiva, con Matthew Broderick y Kristin Chenoweth en los mismos papeles principales:

El personaje de Marian parece estar inspirado en una bibliotecaria real, Marian Seeley, que trabajaba en una biblioteca médica y había conocido al compositor Meredith Wilson durante la Segunda Guerra Mundial, según relata un artículo (“A pair of Marians”) publicado en 2005 en la revista “American Libraries”. Como es habitual, nuestra Marian musical no deja de sumar tópicos: soltera, con moñete y gafas, intelectualmente sobrada, responsable en sus funciones, seria en sus ademanes, vestimenta más bien tradicional y severo carácter (a veces hasta irritante). Todo un estereotipo perfecto de lo que se espera sea una bibliotecaria. Y tras su mostrador, y entre las estanterías, y al piano por las tardes como maestra en sus ratos libres, añora la llegada de un príncipe azul (¿y quién no?, materializado a ser posible en un “Sí” a la renovación de las anuales suscripciones de revistas) para casarse con él o, más bien, un “white knight”, como canta Marian en otro de los números más conocidos y rememorados de la partitura:

En un primer momento, nuestra bibliotecaria no llega a percibir que el cantarín de Harold, todo un figura con su uniforme de director de orquesta (luego sabremos que es un charlatán y un farsante), será al fin su añorado “caballero blanco”. Cuando su hermano pequeño Winthrop logra vencer su timidez (causada por sus problemas de dicción) al incorporarse a la banda que está formando Harold, Marian empieza a ver en éste algo más que un simple moscón. Dedicada a su profesión, sabe mucho de libros y de dónde encontrar la mejor información, pero la vida aún no le ha permitido saber mucho de los hombres. Quizás por ello pueda parecer una mujer fría y distante, hasta su encuentro en el puente del parque, donde por fin “boy meets girl”:

Sin embargo, su sexto sentido y su nariz le dicen que hay gato encerrado y, como buena bibliotecaria que es, investiga en libros y periódicos hasta poner a Harold en un aprieto: “Profesor Harold Hill. Conservatorio de Música de Gary, medalla de oro del 1905. Harold, no había ningún Conservatorio de Música en Gary en el 5”, le lanza Marian casi a bocajarro. “¿Por qué dudas..?, le pregunta él, acorralado. “Porque la ciudad de Gary no se construyó hasta el año 6, lo vi en una página de un diario de Nueva York”. Sus indagaciones eran completamente ciertas. La farsa será descubierta y avisado de ello Harold para que pueda huir del linchamiento, decide quedarse, pues como buen “chico” que ha encontrado al fin su “chica”, quiere compartir a partir de ahora su vida con la lista y buena de la bibliotecaria. Y como todo “happy end” que se precie (y éste no iba a ser menos), Marian parece también haber encontrado la felicidad en su “caballero uniformado”, felicidad que deberá compartir, no obstante, con no menos de 60 trombones. Difícil lo va a tener…

Si querida lectora, es usted bibliotecaria, aún no tiene pareja consolidada (o la tiene pero quiere vivir nuevas experiencias) y ve entrar en su sala de lectura un director de orquesta coloridamente uniformado, no se lo piense dos veces, acaba de entrar su “white knight” (si lleva además una caja de herramientas, es el calefactor, no se confunda).

(Por José Manuel Estrada. Bibliotecario y documentalista)

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Una respuesta a De María a Marian, y todo queda entre bibliotecarias

  1. Luisa dijo:

    Aunque una tiene pareja consolidad…(nunca se sabe), los “white knight” que, con caja de herramientas entran en nuestra biblioteca, no son gra cosa. Magnifica revisión, tomo nota. Salud2

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