Siempre más, nunca menos

Nuestras preocupaciones (también las alegrías y los sinsabores) no son de hoy, ni de ayer sino de antes-de-ayer, y aunque nos aconsejan ser “silenciosos”, nos da por hablar de nuestros trabajos y buscar soluciones a través de las jornadas y congresos y de nuestras publicaciones “oficiosas”. Una de las más longevas y representativas ha sido la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, instrumento de comunicación durante décadas del Cuerpo Facultativo de Bibliotecarios, Archiveros y Anticuarios. Cuerpo con mayúsculas sin el cual no se habrían podido organizar ni desarrollar nuestras bibliotecas, nuestros archivos y nuestros museos. Lugares que, pese a la merma y los dramáticos recortes a la cultura de los presentes y futuros presupuestos, son más necesarios hoy, si cabe, que nunca. Más de todos ellos es progreso, menos es… (poned vosotros el calificativo).

La Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos ha venido publicándose casi ininterrumpidamente desde 1871 hasta 1979 y puede considerarse como el mejor termómetro para conocer la situación y evolución de nuestras bibliotecas, archivos y museos desde fines del XIX hasta los inicios de la nueva etapa democrática que el fin de la dictadura propició. Presente en los fondos de varias bibliotecas, entre ellas, por supuesto, la Nacional del tricentenario, no es necesario plantarse en el paseo de Recoletos un día bien tempranito con el propósito de revisarse uno a uno todos sus números publicados (más de 80 años de volúmenes y fascículos). Existen interesantes atajos, como el Catálogo publicado por Ramón Gómez Villafranca, donde se recogen los artículos de su primera etapa, entre 1871 y 1910, cuando durante algunos años estuvo al frente de su Consejo de Redacción Marcelino Menéndez Pelayo o fue redactor-jefe el arqueólogo José Ramón Mélida; o como los dos índices editados: uno por la propia revista en 1959, abarcando desde sus inicios, y otro por el Ministerio de Cultura en 1986, abarcando de 1958 a 1979. Pero para atajo atajo del verdadero el que nos ofrece la Universidad de Toronto a través del proyecto Internet Archive, que permite consultar a texto completo (sí,  a texto completo), buena parte de los números de esta revista publicados entre 1902 y 1920. Una joya para diletantes y exquisitos degustadores del pasado.

Los curiosos que quieran acercarse a esta “prehistoria escrita” de nuestra profesión podrán encontrar en sus páginas abundantes textos y noticias sobre nuestro arte antiguo y medieval, las historias de nuestros archivos, nuestros libros, nuestras bibliotecas y nuestros códices, los ingresos de obras en los Muesos Nacionales del Prado o Arqueológico, y los nombramientos, ceses y traslados de los profesionales archiveros, bibliotecarios y conservadores. Todo un espejo retrovisor para quienes amamos nuestra profesión entre estanterías, guardapolvos, testigos del pasado y usuarios necesitados de información. Para los más estresados, nada como un paseo por el ya mencionado Catálogo de Gómez Villafranca, donde en cuatrocientas páginas tendrán noticia fiel de las obsesiones y fobias de nuestros inmediatos antepasados profesionales. Pero para los amantes de la lectura sosegada y pacífica, la degustación de títulos de trabajos y la contemplación de imágenes en blanco y negro, os recomiendo la consulta, uno a uno, de los distintos volúmenes digitalizados; principalmente mediante la herramienta incorporada “Read Online”, que permite hojear la Revista como si de un libro impreso se tratara. Y para los que ni lo uno ni lo otro, os propongo, al menos, la lectura de algunos trabajos en particular: uno, de 1899, sobre el Catálogo de libros de la Facultad de Medicina de Valencia; otro, de 1913, sobre las bibliotecas alemanas (por aquello de las odiosas comparaciones); un tercero, publicado en partes entre 1915 y 1916, sobre la Propiedad Intelectual (mucho antes de que existiera la SGAE); otro, también de 1913, sobre las Bibliotecas oficiales; y, por último, uno de 1918 con el idílico título de “Proyecto de Bases para una reforma del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos y de los Establecimientos que tiene a su cargo”.

Es éste último un informe presentado al ministro de turno de Instrucción Pública y Bellas Artes (Santiago Alba Bonifaz) por el jefe superior de este Cuerpo, Francisco Rodríguez Marín, con el propósito de que se emprendan “importantes y necesarias reformas” en beneficio de “los Establecimientos y del servicio público” (de la lectura y sus adláteres, por supuesto): “A causa del considerable adelanto de la cultura nacional, la organización del Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos no responde hoy a la importancia de los servicios que le están encomendados: Archivos antes inexplorados o casi desconocidos son ya objeto de incesante estudio por creciente número de investigadores; Bibliotecas ayer poco menos que desiertas (sin contar las Populares, de reciente creación, y cuyo éxito supera a todos los cálculos y aconseja multiplicarlas cuanto sea posible), resultan, por fortuna, insuficientes para contener el cada día mayor número de lectores, y hasta los Museos, cuya visita, para ser provechosa, requiere una especial preparación, son actualmente más frecuentados y mejor estudiados que diez años ha”. Poco a poco va el autor detallando una serie de medidas relativas al personal (como crear un Cuerpo de Auxiliares técnicos o dignificar y mejorar las condiciones remuneratorias) y relativas a los presupuestos (concluir con las bochornosas indotaciones) y va esbozando las líneas maestras de una planificación que, en cuanto a las Bibliotecas (Nacional, Universitarias, Provinciales, Especiales y Populares) se refiere, se resumen en cuatro palabras: MÁS LIBROS, MÁS BIBLIOTECAS. (Sin duda, los mismos pensamientos que asaltan a nuestros próceres del último trimestre del 2012).

No menos interesante resulta un segundo texto del propio Rodríguez Marín, que suscribe como director de la Biblioteca Nacional, sobre la situación de las Bibliotecas Oficiales en Madrid, publicado como hemos dicho en 1913 (páginas 474-487) y que comienza con una suculenta carta dirigida a los medios de comunicación para que éstos den a conocer los cientos de bibliotecas existentes en Madrid, e inverosímilmente desconocidas para la gran mayoría: “Muy distinguido amigo y señor mío: Con el propósito de enterar al público de Madrid de cosa tan poco sabida como que, además de la Biblioteca Nacional, tiene a su disposición en esta Corte los copiosos fondos bibliográficos de muchas otras, adonde podrá acudir, bien para no alejarse demasiado del domicilio propio, o bien, por lo tocante a las bibliotecas especializadas, en razón de las materias que desee estudiar, tengo el gusto de enviar a usted una lista de tales establecimientos de cultura, con expresión de los días y horas en que pueden visitarse y frecuentarse. Muy cordialmente he de agradecer a usted que la haga insertar en su estimable y popular periódico, y que, si no le parece que esto sea pedir demasiado, reitere la inserción con alguna frecuencia, a fin de que se desvanezca del todo la equivocada opinión que afirma haber en Madrid pocas bibliotecas públicas….” (Si hubiera sido escrita en 2013, y no en 1913, nadie notaría la diferencia. Una lástima que, después de décadas de denodado esfuerzo por algunas administraciones públicas para acercar el conocimiento a toda la población, en dos años debamos aceptar como excelente la exigua imagen descrita por Rodríguez Marín a principios del XX). Después de este escrito solicitando a la prensa la difusión de la información sobre las bibliotecas de Madrid, pasa el autor a enumerarlas indicando, como ha dicho, horas y días de apertura, entre ellas, y en el ámbito de las ciencias de la salud, tan sólo las de las Facultades de Medicina (en Atocha, 106) y Farmacia (en la redundante calle Farmacia, 2) y la de la Escuela de Veterinaria (en Embajadores, 70).

A continuación de este artículo, la Revista reproduce varios textos escritos para el Heraldo de Madrid, en noviembre de 1913, por Eduardo Navarro acerca de la situación de las bibliotecas oficiales en la capital, y que tampoco tienen desperdicio “histórico”: “Encontramos, si únicamente nos circunscribimos a Madrid” –dice el autor- “(porque en el resto de España ya hemos expuesto repetidas veces su aún más lamentable situación), que hay, en orden proporcional relativo, una gran masa de analfabetos, sostenida constantemente por la corriente migratoria de todas las provincias; que no pueden concurrir a las matritenses escuelas y colegios de todas clase, cada año, más de 85.000 niños de uno y otro sexo, que no encuentran, ni podrán encontrar por ahora, locales escolares y maestros; que el nivel medio de la instrucción de las clases populares (y en otras más elevadas, desgraciadamente), es bajísimo, y todavía de mayor inferioridad, hasta límites inconcebibles, el de educación. Y sin embargo, nuestros lectores del Heraldo de Madrid mostrarán profunda extrañeza cuando sepan que la capital de España encierra más de un centenar de bibliotecas oficiales…” ¿Y cuál es la razón del autor para intentar exponer esta situación de amplia oferta de centros y desconocimiento de su existencia? Muy sencilla: “Nos ha movido a dar ahora a luz el trabajo, porque es la época del apogeo de lectores y es problema que afecta a millares de estudiantes que no pueden desembolsar sus familias decenas o centenas de pesetas , a veces, por los caros y, según muchos competentes, casi siempre malos libros de texto, juzgados pedagógicamente. El Estado no ha resuelto con mano fuerte los abusos en este orden”. (La tartera ataca de nuevo. ¿Estamos de verdad en 1913? Qué bien poco nos ha cundido…). “Lo que sí podrá asegurarse que, hasta ahora, y mucho celebraremos que no perdure tan triste situación, es que numerosas, muchísimas bibliotecas de carácter gubernamental, no se utilizaban ni se utilizan; que no tienen lectores ni visitante alguno, y que imperaba en ellas el régimen de sepulcros bibliográficos.” (Como los últimos de Filipinas, aún hoy las bibliotecas podemos aportar nuestro granito…).

Navarro detalla después, acompañado de un mapa que aquí reproducimos, las diferentes tipologías de bibliotecas que pueden encontrar los ávidos lectores de la capital: oficiales, semioficiales, y particulares. Pocas, sin embargo, en el ámbito de las ciencias de la salud: las de las Reales Academias y las Universitarias.

(Un mapa digno de colgarse en cualquier sala de museo, y digno también de las pesquisas de un Sherlock Holmes que, por cierto, según últimas investigaciones -Garci dixit- pisó por aquellos años la capital del Reino).

Y concluye Navarro con una retahíla de deficiencias que pesan como una losa: “Como resumen de todo lo anterior, y de lo aquí mencionado, aparece: que Madrid tiene tantas –acaso más- bibliotecas oficiales que París; que en muchas, el público no tiene franco acceso o ninguno e ignora si puede ostentar derechos; que las bibliotecas administrativas, tan elogiadas en el Congreso Mundial de Bruselas, que parecía podían y debían ser utilizadas, apenas sí son accesibles en breves casos; que los lectores madrileños representan una dolorosa proporción; que la producción intelectual esta estimulada de modo antieuropeo; que el centenar y medio de bibliotecas oficiales cuesta anualmente algunos millones de pesetas declarados, y, finalmente, que por su casi general defectuosa organización e inapropiadas horas de servicio para muchos millares de laboriosos, que únicamente pueden instruirse en las horas nocturnas, puede decirse, con la opinión unánime, que, poseyendo Madrid ese rico y cada día más costoso plantel bibliográfico, no cuenta con ninguna biblioteca popular –cuando en el exterior existen a millares-, y menos aún para la lectura y, sobre todo, el estudio de la Prensa, especialmente la diaria.”

Cuando los próceres de principios del siglo XX , durante los últimos tiempos de la Monarquía y la República, luchaban por más bibliotecas, más cultura y más lectura para todos sus ciudadanos, cien años después y, con la excusa de la crisis, se cierran bibliotecas populares y especializadas, se reduce el personal y se ahogan las nuevas adquisiciones. Pan y circo, o pan y toros, es la sabia alternativa. Cuando debían ser más, nunca menos (libros, exposiciones, bibliotecas, museos..). ¿No queremos ser Europa? Pues, silencio, nos piden.

(Por José Manuel Estrada. Bibliotecario y documentalista)

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4 respuestas a Siempre más, nunca menos

  1. Elarien dijo:

    Tus entradas siempre son muy interesantes y esta me lo ha resultado especialmente. Por eso se la he enviado (aunque no he podido usar el enlace de correo porque no me ha funcionado bien) a un par de lingüistas de la familia para difundirla. A ver si el cruzar fronteras hace algo por el estado de las pobres bibliotecas y de los aún más pobres bibliotecarios.

  2. Mª Luisa Lopez Avello dijo:

    Magnifico. Y no puedo resistir la tentación de añadir que, en fechas “mas modernas”, 1986, en las Primeras Jornadas de Documentación Médica, el Catedrático de Hª de la Medicina de la Universidad de Cantabria, Dr. Luis García Ballester, realizó un brillante análisis historico sobre el paso de la biblioteca Médica a la Biblioteca de Ciencias de la Salud, muchas de sus consideraciones con una vigencia total. Así como los intentos personales, que no institucionales, de creación de repertorios bibliográficos (…Achucarro, Lafora, López Albo, Juan Peset….. ) Tras el salto tecnológico de los años 70, y respecto al nuevo escenario dice algo muy interesante: “La posesion de un terminal que permita acceder a bases de datos, cuestiona las ya magras inversiones en publicaciones periodicas…¿que necesidad hay de bibliotecas y revistas si con solo pulsar un boton tengo a mi disposición lo publicado sobre el tema que me interesa..? Peligros razonamiento que no se sostiene…….. El peligro apuntado surge porque la teledocumentacion (instrumento de trabajo imprescindible) en España no ha surgido por rebosamiento de una situación bibliográfico-médica tradiconal madura y satisfactoria, sino – salvo muy contadas excepciones – por mera compra del “juguete” que es visto como la panacea mágica que soluciona problemas documentales, obvia las necesarias y exigidas fuertes inversiones no hechas y justifica una situación de negligencia estructural y funcional de cincuenta años” Y así podriamos seguir …. hasta hoy…. solo que ahora la pan y toros debemos añadir menos pan, toros y mas futbol…..

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