A la doctora Quinn le gustan los libros

De quien menos podíamos esperar, entre todos los protagonistas de las series médicas, la doctora Michaela Quinn (Jane Seymour) resulta ser, en pleno siglo XIX y alejada de la civilización urbana en Colorado Springs,  una de las más acérrimas defensoras de los libros, de las bibliotecas y de la lectura. Para ello no hay más que a sentarse en el sofá y volver a ver el episodio 5º de la tercera temporada, que como ya dijimos días atrás se titula “La biblioteca” (para los puristas, “The Library”).

La doctora vivía muy feliz en su consultorio, rodeada de cowboys, hasta que cierto día recibe de su madre, que vive en Boston (o sea, ahí al lado) una serie de cajas de madera con cierto peso. O bien pueden ser piedras o son libros, no hay otra. Y de piedras ya tienen muchas en el Oeste. Estaba claro que tenían que ser libros (si no, ¿de qué el nombre del capítulo?). Junto a ella, descubren el contenido de las cajas el guaperas de Sully y los tres hijos de su amiga Charlotte: Matthew, Colleen y Brian. Lo primero que extraña a los jóvenes es la cantidad de libros que contienen las cajas. (Y de ahí la primera pregunta: ¿Cuántos libros había antes en el pueblo antes para que les extrañe semejante envío? Mejor ni averiguarlo).

La doctora explica a los espectadores, a través de una carta de su madre que acompaña el regalito, que éstos son los libros de su padre ya fallecido (una persona del Este culta y formada, como bien puede deducirse) y que la familia quiere que le sirvan a ella, literalmente, “para ayudar a civilizar el desierto de Colorado”. La primera pregunta lógica la hace Matthew: “¿Y qué vamos a hacer con ellos?”. Colleen propone leerlos todos (está claro que va para bibliotecaria), Brian guardarlos en un granero (éste va para futbolista) y Sully no sabe qué hacer con tanto libro, hasta que la perspicaz y más que inteligente doctora Quinn propone lo más obvio,  crear una biblioteca: “Los libros son algo demasiado especial como para guardarlos en un granero, son para compartirlos… Recuerdo cuando la gente paraba en casa de mi padre para pedírselos prestados… Mi padre quería que la gente aprendiera”. Un altruista de ésos que ya no quedan

¿Y dónde abrirla? ¿En la propia casa? Tate, viven muy lejos, imposible. (¿Cuánto de lejos, si es un pueblo del Oeste? Los Ingalls sí que vivían lejos e iban todos los días a la escuela y a misa los domingos; pero, claro, eran unos benditos). El caso es que Michaela, con buen juicio, piensa que si abren la biblioteca en el pueblo ésta será más visitada que si la montan en su casa a las afueras (y evita de paso que le den la brasa a la hora de la siesta): “No los guardaremos en casa. Podemos tenerlos aquí, donde la gente pueda cogerlos prestados cuando quiera… Vamos a hacer en esta ciudad la primera biblioteca pública”. ¡En qué hora!

Dicho y hecho. Y llega el día de la inauguración oficial de la biblioteca (Josef Quinn Memorial Library, en recuerdo de su progenitor), donde hasta el alcalde quiere salir también en la foto y amaga con un discurso: “En cierto momento tuvimos que pintar un cartel a la entrada de este edificio que decía “BIBLIOTECA” para hacer ver que había libros dentro. Pero ya no. Ahora tenemos una biblioteca tan buena como la de cualquier ciudad del Este.” (Curiosa práctica, ¿no?, que no parece haberse echado en saco roto un siglo después. ¿O nos hemos olvidado de las reiteradas inauguraciones de hospitales públicos, aeropuertos y polideportivos antes de las correspondientes elecciones?).

Colleen se ha ofrecido  a llevar la biblioteca (¿Quién si no? A ver quién es la lista que se atreve, recién licenciada en Archives, Museums and Libraries por Carolina del Norte, a plantarse en el Lejano Oeste, junto a Buffalo Bill y Sitting Bull, para dirigir una biblioteca de pueblo). Todos los días una hora después de clase y dos los sábados por la mañana. (¿Y qué decir del horario? Un poco reducido, si cabe, aunque suficiente para la única actividad prevista en la biblioteca: prestar libros. Si apuramos, un horario no muy diferente a muchos de nuestros centros, donde casi sin bibliotecaria y sin presupuesto, lo complicado es llegar a abrir una hora todos los días).

La biblioteca Josef Quinn empieza funcionar viento en popa y quien más o quien menos pide un libro prestado. Y ahí, precisamente, en su apertura y en su servicio empiezan los problemas de la Comunidad. La pacata y timorata doctora Quinn se ruboriza cuando Sully le lee, de un libro prestado, un poema del neoyorquino Walt Whitman (de su obra “Hojas de hierba”), pues lo considera un poco subido de tono: “No quiero que los chicos lo vean en casa ni lo puedan coger”. (Autocensura al canto).

Pero lo peor sucede cuando el ultraconservador reverendo Timothy Johnson entra en la biblioteca y descubre a Colleen leyendo (no es que sea un problema que lea, sino lo que comprueba que lee). Éste quiere un libro para préstamo (por cierto, ¿de qué libro se trata? ¿“Pequeñeces” del padre Coloma o “Los cuentos de las mil y una noches”?. Os lo dejo a vuestra imaginación), se acerca al mostrador y carraspea para que la muchacha, que está leyendo ensimismada, le atienda, una vez que le ha dedicado esta elogiosa frase: “Tu forma de leer es un estupendo ejemplo para el resto de los chicos”. A lo que Colleen responde: “La lectura es mi afición preferida. Siempre que empiezo un libro es como ir a un lugar desconocido, conocer gente interesante y hacer todo tipo de cosas divertidas.”

Pero hete aquí que la joven no está leyendo precisamente “La perfecta casada”, sino “Fausto”, un libro que al reverendo le parece inapropiado y poco edificante por eso de que el protagonista le venda su alma al diablo: “No permitiré que un libro como éste forme parte de la biblioteca”. (Eso por dejarle entrar). Acto seguido escribe un editorial en la Gaceta del pueblo alertando de lo “peligrosísima” que es la biblioteca, pues pone al alcance de cualquiera libros pecaminosos y poco ejemplares.  El siguiente paso, está claro, cerrarla, a lo que se opone con toda su elocuencia su benefactora:
DRA. QUINN: “Porque una biblioteca es un lugar donde las mentes se abren a  ideas nuevas, a culturas diferentes”.
REV. TIMOTHY: “Hay cosas a las que no deberíamos abrir nuestras mentes”.
(Así, se habla. Y porque no podemos volver al código de Hammurabi, que estaba en piedra y cuesta mucho trasladarlo).

No sólo las fuerzas vivas (y ultramontanas) del pueblo consiguen al final cerrar la biblioteca, sino que el propio reverendo, en una razzia moralista y enfundado en su papel de ángel exterminador, se encarga de ir confiscando casa por casa aquellos libros, como “La letra escarlata”, que “dan ideas a la gente y de los cuales las jovencitas pueden sacar conclusiones equivocadas” (Lo dicho: “La perfecta casada” o “Pequeñeces”).

Visto lo visto, la doctora decide coger los libros, llevárselos por donde ha venido y montar una biblioteca privada en su clínica, ya que eso de lo público no parece una buena idea (¿Les suena?). Pero en ésta que los ciudadanos se los arrebatan y como buenos colonos del Oeste que son no se les ocurre nada mejor que quemarlos en plena calle (y no es que hiciera frío).

La doctora se acuerda entonces de su propio padre (“Toda una vida para juntar una biblioteca como ésta”), y también de las “madres” de estos incultos, e intenta una última acción, enarbolando la Biblia como estandarte. ¿Por qué se escandalizan de algunos libros –viene a decir en su argumentación- si ya en las Sagradas Escrituras se habla de cosas peores como que un padre sacrifique a un hijo, un hombre casado viva con más de una mujer o Dios acepte una apuesta del diablo? Los lugareños, por aquello de no parecer que no se han leído el Libro (salvo el reverendo, como es lógico), ceden ante este argumentario y deciden ayudar de nuevo a abrir la biblioteca con cuatro libros más que chamuscados. Y, como en el Libro Gordo de Petete, una moraleja para la posteridad de labios de la propia doctora Quinn: “Aprender es leer acerca de muchas cosas distintas y después decidir cuál se puede creer y cuál no”.

Para ir terminando y así aprovechar, como en las fábulas de Esopo, las enseñanzas y consejos de este capítulo, dejamos las siguientes conclusiones a modo de corolario:
– Si no existen fondos públicos (ni se les espera), siempre es bueno contar con la herencia de un pariente para montar una biblioteca (y si éste muere de muerte natural, mejor que mejor).
– Si quiere que alguien visite su biblioteca, siempre será mejor abrirla en la calle principal del pueblo y no en el último piso de las torres KIO. (aunque haya mejores vistas).
– Con siete horas a la semana, suficiente para dar servicio (¿o cuánto tiempo necesitamos para prestar tres o cuatro libros?)
– No deje entrar a ninguna sotana en su biblioteca, o se arrepentirá.
– No hay mejor expurgo que permitir la entrada a una panda de “ignorantes salvajes” (a ser posible con teas incendiarias) y que actúen con total impunidad.
– A falta de recursos, siempre es bueno tener una Biblia, donde encontraremos relatos históricos, sucesos, lírica, sensualidad, poesía, teatro, melodrama y hasta ciencia ficción.
– Y si alguien no ha leído aún nada de Walt Whitman, y no es melindroso como la doctora Quinn, nunca es tarde (puede empezar por “Hojas de hierba”).

(Por José Manuel Estrada. Bibliotecario y documentalista).

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7 respuestas a A la doctora Quinn le gustan los libros

  1. Francisco dijo:

    Jose: siempre es un placer leer tus agudos comentarios. Hasta el final, creía que estaba leyendo la crónica de los tiempos actuales y lo “chungo” que resulta para muchos politiquillos del tres al cuarto el conocimiento de la “chusma”, entre la que me incluyo.

  2. Montaña dijo:

    Hola guapo, hasta hoy no he podido leer tu nueva entrada y cuando lo he hecho me ha venido a la mente un término inventado por Rafa Bravo y que es toda una premonición: “Cáritas bibliográfica” una ONG que vamos a tener que montar si queremos seguir prestando servicios

    • candelacelia dijo:

      Prefiero “Médicos del Mundo” o “Médicos sin Fronteras”, lo digo por el sesgo de las sotanas, visto el capítulo de la doctora. A eso, vamos. Y pronto, habrá que copiar los artículos a mano. Un beso desde Madrid

  3. Elarien dijo:

    Una película centrada en una bibliotecaria, nada menos que Bette Davis (la información la he sacado del blog de “notasparalectorescuriosos”). http://www.imdb.com/title/tt0049800/

  4. Pingback: ¿Leen más los residentes que los facultativos? | Esto no es la biblioteca de Alejandría

  5. mali dijo:

    no lo e leido pero se ve interesante

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