Veinticinco libros y pico que nunca me llevaría a un hospital

Ahora que llega el verano los medios de comunicación suelen ser muy dados a publicar manidas encuestas o tópicas preguntas del tipo de: ¿Qué sitio paradisíaco elegiría para perderse este verano? ¿A qué político no le gustaría encontrarse, en bermudas y chancletas, en la piscina de su hotel? ¿Cuál es su canción del verano 2012? ¿Gazpacho o vichyssoise? Si tuviera que elegir, ¿qué libro se llevaría a una isla desierta?  Vamos a darle una vuelta de tuerca a una de estas preguntas y, como siempre barriendo para casa, lo que proponemos es la siguiente peliaguda cuestión: ¿Qué libro nunca se llevaría a un hospital? Más bien para no mentar la soga en casa del ahorcado, pues ¿alguien se imagina  a un tuberculoso leyendo en su habitación con vistas a la sierra madrileña “La montaña mágica”? ¿O a un paciente del Lafora o del José Germain devorando con pasión “Alguien voló sobre el nido del cuco”?

Muchas son las obras de la literatura que han tomado por protagonistas, escenarios y argumentos a médicos, enfermeras, hospitales y mil y una enfermedades. En una nueva sección de este blog, que hemos bautizado con el tan poco original nombre de “Lecturas”, hemos incluido una veintena de libros que NUNCA NOS LLEVARÍAMOS A UN HOSPITAL (por razones obvias) o que, por ejemplo, nunca recomendaríamos en nuestro mostrador de la biblioteca de pacientes. Como mucho se ha escrito al respecto en los cinco continentes y muchos otros expertos han publicado cientos de páginas recomendando ésta o aquella lectura (sin ir más lejos, desde la sección Literatura Médica, del blog Laboratorio del Lenguaje o una mítica serie de artículos de Fernando Díaz-Plaja publicados en JANO hace ya años), hemos optado por detenernos, de momento, en la literatura nacional, de Irún a La Gomera, y de Finisterre a Formentor (más que nada por no desentonar con la “mareja roja futbolera”). Con tales premisas hemos confeccionado una pequeña lista de veintipico libros que podríamos leer en el metro, subidos a la copa de un árbol, dentro de un igloo, ante un vermut pero ¡por Tutatis! nunca en la sala de espera ni en la habitación de un hospital (ya sea en la esquilmada sanidad pública o en la privada).

Esta relación debe iniciarse con una divertida comedia de enredo de Lope de Vega,  ambientada en un hospital psiquiátrico de Valencia, por título lógico “Los locos de Valencia” (y cuya puesta en escena por Calixto Beito podría dar mucho juego, pero que mucho juego, en estos tiempos…). Y a ella le siguen un buen número de entremeses protagonizados por dudosos galenos. O bien los autores barrocos le tenían una manía casi enfermiza a los médicos o bien éstos, por sus hazañas y prácticas dudosas, se habían ganado las chanzas de los hombres de letras. El caso es que no hay autor de esta época que no incluya en sus enredos a algún falso médico que proponga remedios absurdos y que no merezca, al final de la función, una buena tunda de palos: Antonio de Solís, Luis Quiñones de Benavente, Francisco de Rojas, Lope de Rueda… O que abiertamente se ría de ellos, como Alonso del Castillo con su trío de sabios doctores Ribete, Matanga y Rebenque, que no saben distinguir un buen vino blanco de una micción. Aunque clásico, pero bien moderno (mucho más que muchos políticos actuales), Tirso de Molina tiene la progresista ocurrencia de incluir a una mujer como protagonista: así, hace de Jerónima, una estudiante de medicina que llega a catedrática y médico de Corte, el personaje principal de “El amor médico” (y eso unos cuantos siglos antes que “Anatomía de Grey”, para que luego digan).

El respeto por la profesión médica se debe, no cabe duda, a una de las obras maestras de la Generación del 98, “El árbol de la ciencia”, donde además de un reflejo de la vida médica en la España del siglo XIX Baroja ofrece una fotografía muy realista de la vida en el Madrid finisecular y de las diferencias entre las clases sociales. La Capital es también el escenario de una las grandes obras de la narrativa española del siglo XX, “Tiempo de silencio”, del psiquiatra y prematuramente fallecido Luis Martín-Santos, que con su estilo formal innovador revolucionó la literatura de posguerra y ofreció, como Baroja, otra estampa realista de la investigación médica en España y de las diferencias sociales entre el centro y los suburbios.

Un grupo bien definido de lecturas lo componen las obras que tienen por protagonistas a abnegadas enfermeras durante la guerra civil española: desde las más cercanas al conflicto “Princesas del martirio” y “Penal de Ocaña” a la más reciente “La enfermera de Brunete”. Como contrapeso ideológico, la historia de un médico represaliado en la Galicia de posguerra en “El lápiz del carpintero”, de Manuel Rivas. Y otro bloque, producto del gusto creciente por la novela histórica, lo inaugura “El hereje”, del buen utilizador del castellano Miguel Delibes, al que han seguido autores como Gargantilla con “El médico judío”, en la España del XV, o Francisco Gallardo, con “La última noche”, en el Al-Andalus del XII. Para quien prefiera las enfermedades, puede paladear “Pabellón de reposo”, de Cela, o ensimismarse con las reflexiones y pesadumbres de otro maestro del lenguaje, Azorín, y su “Diario de un enfermo”. Aunque para el que prefiera las vicisitudes de un médico, sin duda ha de ser su lectura “El médico rural”, del extremeño Felipe Trigo, junto con las invenciones y personajes entrañables de Cunqueiro propias de su “Escuela de curanderos”.

No hemos hecho más que comenzar a rebuscar, y enseguida hemos encontrado unas cuantas obras que, si bien no recomendamos que ustedes lean en un centro sanitario, les rogamos encarecidamente que lo hagan a la sombra de una higuera (pues es mucho más productivo leer un buen libro a la sombra que ver las noticias de TeleMadrid, por poner un ejemplo que no viene al caso).

(Por José Manuel Estrada. Bibliotecario y documentalista)

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6 respuestas a Veinticinco libros y pico que nunca me llevaría a un hospital

  1. Tomamos nota para no perdernos en las recomendaciones a nuestros pacientes, aunque puedo confirmarte que sus preferencias siguen siendo la novela negra, los bets sellers (cuando los hay), los libros de humor y curiosamente los grandes poetas, Lorca, Neruda, Machado… De todas formas siempre hay quien nos sorprende con sus intereses: “letras flamencas”, “algo sobre volcanes”… ¡estamos en ello! Buen verano.

    • bvale dijo:

      Ya se sabe que hay libros para todos los gustos, y escritores para todos los libros. Y nos podrán quitar muchas cosas, pero nunca el placer de la lectura.

  2. Elarien dijo:

    Hay que incluir en la lista uno de mis libros favoritos: Morfina de Bulgakov (hay que buscarlo por Iberlibro porque está descatalogado). Aunque quizás no sea la lectura ideal para un enfermo, sí que reúne todo lo que debe contener un buen libro. Para el hospital yo me cogería a Austen, que siempre me calma y me hace sentirme sentirme mejor, o Trollope, algo más ligero y con un sarcasmo más marcado, pero igualmente agradable. Si no tengo puntos, Gerald Durrell para reírme a carcajada limpia.

  3. aastray dijo:

    Saludos a mi bibliotecario particular…casi!
    Sdme de Frey.

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