Haciendo memoria

Muchos tenemos memoria de pez (qué culpa tendrán los pobres de ello) y otros pocos la tienen de elefante (dichosos ellos que no necesitan un móvil para guardar los números de teléfono); algunos somos más despistados y la perdemos fácilmente, tan fácilmente que no sabemos dónde tenemos la mano derecha y dónde la izquierda; y otros no quieren saber nada de ella (pues donde dije digo en noviembre dicen diego en abril, y no hay más que leer la prensa). Para evitar tales dislates, el Mundo (el globo donde vivo yo, como diría Gloria Fuertes, que no el periódico) ha hecho memoria por todos nosotros, que ya es hacer memoria, a través de un proyecto que a bibliotecarios y documentalistas, nos llena de orgullo y satisfacción.

Así es. El Programa Memoria del Mundo, de la UNESCO, ha cumplido ya 20 añazos. Un programa cuyo ideario principal, desde su creación, ha sido convencernos de que “el patrimonio documental mundial pertenece a todos, debe ser plenamente preservado y protegido para todos y, con el debido respeto de los hábitos y prácticas culturales, debe ser accesible para todos de manera permanente y sin obstáculos”. Acceso abierto, y sin tapujos, desde el Polo Norte al Sur, de Greenwich a Greenwich. Y además, con estos otros tres objetivos específicos: “facilitar la preservación del patrimonio documental mundial mediante las técnicas más adecuadas”, “facilitar el acceso universal al patrimonio documental” y “crear una mayor conciencia en todo el mundo de la existencia y la importancia del patrimonio documental”. Vamos, lo que hacemos en las bibliotecas (con recursos mucho más limitados, pero mucha imaginación) todos los días.

Para hacer memoria han creado un inventario, el Registro de la Memoria del Mundo, que suena a ciencia ficción e inmediatamente nos recuerda a Borges, a la biblioteca de Alejandría, a la del Nombre de la Rosa y a la de los Libros Olvidados, de Carlos Ruiz Zafón (deformación profesional, será). Es este registro una relación (donde todos los que están son, pero no están todos los que son) del “patrimonio documental, aprobado por el Comité Consultivo Internacional y ratificado por el Director General de la UNESCO, como elemento que cumple los criterios de selección del patrimonio documental considerado de importancia mundial”. Puedo uno consultar la lista completa o bien, como decimos en bibliotecas, por campos: zona geográfica (África, Estados Árabes, Asia y el Pacífico, Europa y América del Norte, América Latina y el Caribe), año (los primeros inscritos datan de 1997) y organización (institución responsable de la conservación y difusión del susodicho patrimonio seleccionado). Semejante y envidiable compendio de joyas mundiales viene acompañado de una información complementaria de lo más valiosa: documentos de las reuniones del Comité, fotografías de los objetos incluidos y formularios para solicitar la inscripción, por poner algunos ejemplos.

En esta selección de notables entre los notables figuran incunables, carteles, códices, tesis, archivos, patentes, músicas, papiros, atlas, obras de arte, archivos sonoros, paleografía, colecciones fotográficas… Sin ir más lejos, el Archivo de la Sociedad de Naciones, el tapiz de Bayeux, los archivos de la escritora Astrid Lindgren (la de Pipi Calzaslargas, sí), los cuentos de los hermanos Grimm, el Rig-Veda indio, el diario de Ana Frank, el sumario del caso contra Nelson Mandela, “Los olvidados” de Buñuel, escritos de Simón Bolívar, el archivo del gueto de Varsovia, el diario de navegación de Cook, los noticieros cinematográficos del ICAIC cubano, la biblia de Gütenberg, libros de Linneo, cartas de Hans Christian Andersen, el Tratado de Tordesillas o las Capitulaciones de Santa Fe, la Vía Báltica o cadena humana para la libertad, la película “El mago de OZ” o las de Bergman, tablillas cuneiformes hititas, la construcción del muro de Berlín, la expedición de Amundsen, los archivos de Tesla, la revolucionaria y francesa Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y un larguísimo etcétera que abarca todos los continentes y todos los materiales imaginables. Todo un archivo y toda una biblioteca para que un día un buen marciano, después de verlo y leérselo todo, llegue a sus propias conclusiones sobre la civilización terráquea (pero, ¿no estaban locos estos humanos?).

Y en lo que a nosotros nos ocupa, bibliotecas de salud, es menester reseñar las siguientes perlas:
– el Ben Cao Gang Mu, un grandísimo tratado de la historia de la medicina china tradicional, recopilado y escrito por un médico de la dinastía Ming,  Li Shi-zhen (1518-1593), durante casi 30 años;
– los manuscritos medievales de medicina y farmacia de la Academia Nacional de Ciencias de Azerbaiyán: el Zakhirai-Nizamshahi (Las provisiones de Nizamshahi), de Rustam Jurjani; el Al-Qanun Fi at-Tibb (El Canon de la Medicina, Libro II), de Avicena; y el Al-Makala as-Salasun (Tratado XIII) del cordobés Abulcasis;
– el Dioscórides manuscrito de Viena, una fuente farmacológica ineludible sobre hierbas medicinales;
– los archivos de la lepra de Bergen, ciudad noruega que en siglo XIX se convirtió en un centro investigador de primer orden en la lucha contra la lepra, con los médicos Danielsen y Armauer Hansen al frente; y
– los manuscritos de Avicena, conservados en la Biblioteca de Manuscritos Süleymaniye de Estambul.

Se echan en falta nombres como los de Galeno, Hipócrates, Asclepíades, Leonardo da Vinci, Parecelso, Servet (pero a buen seguro que sus obras figuran guardadas en algunas de las prestigiosas bibliotecas que figuran en el Proyecto) o la colección completa de los vídeos del doctor House. Si no, siempre nos quedará la Wikipedia, y Youtube.

(Por José Manuel Estrada. Bibliotecario y documentalista)

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3 respuestas a Haciendo memoria

  1. Mª Luisa Lopez Avello dijo:

    Hablando de memoria, profetas en su tierra etc, me viene a la memoria la maravillosa tesis doctoral de uno de los malditos pero no por ello magnifico escritor. Me refiero a “La vida y la obra del doctor Philippe Ignace Semmelweis” de Louis Ferdinand Celine. En ella se muestra como las pequeñas acciones de las grandes personas hacen mejor a la humanidad. Debería ser de obligada lectura. Es curioso lo de la memoria….. ahora desde el Ministerio de Sanidad se insiste en el lavado de manos………ironias. Salud.

    • bvale dijo:

      Como la memoria humana es muy flaca…y a veces conviene olvidar, no hay nada como la memoria escrita. Para mí y para mal. Para recordar los horrores que en otros tiempos se han cometido (y no repetirlos) y para honrar a quienes han hecho mejor la humanidad con sus logros, pues han tenido la suerte de ser más inteligentes y más humanos que muchos.

  2. Pingback: Año dos | Esto no es la biblioteca de Alejandría

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