Doug Ross es más guapo que Santiago Ramón y Cajal, ¿o no?

¿Qué tienen en común George Clooney, Imanol Arias, Hugh Laurie, Adolfo Marsillach y Rob Morrow? ¿Qué son hombres? Sí, pero no sólo eso. ¿Y si les digo los doctores Doug Ross, Severo Ochoa, Santiago Ramón y Cajal, Gregory House y Joel Fleschman? ¿Qué son médicos? Vaya respuesta, ya lo había dicho yo antes. ¿Y si hablamos de “Urgencias”, “Severo Ochoa, la conquista de un Nobel”, “Ramón y Cajal”, “House” y “Doctor en Alaska”?

Los médicos catódicos nos han tenido muchos minutos y muchos horas pegados al televisor, durante semanas, y meses, siguiendo sus aventuras, sus desventuras amorosas, sus éxitos o sus fracasos profesionales, y sus andanzas por pasillos, boxes y quirófanos. Pero toda relación platónica suele tener su fin. Pasados los éxitos de los últimos 20 años, los telespectadores parecen dar la espalda a las afamadas series médicas (quizás hartos de tanta y tanta bata blanca, de tanto hospital de ficción) y buscan nuevos entretenimientos en nuevos títulos y temas, como la historia (“Dowton Abbey”), el terror (“American Horror Story”), las carreras de caballos (“Luck”), la ácida visión de la vida cotidiana (“Modern Family”) o la fantasía y la mitología (“Juego de Tronos”).

Desde los años 60 del pasado siglo, cuando aparecieron las primeras series televisivas con médicos (las ya míticas “Ben Casey”, “Doctor Kildare” o “Marcus Welby”) mucho ha llovido, y muchas horas de telefilmes se han grabado. Aquellas eran series centradas en las peripecias profesionales y personales de un protagonista principal, que se debatía por solucionar un conflicto en cada episodio, con más aires dramáticos que de comedia benevolente y divertida. En los años 70 aún coleaba esta fórmula primitiva (“Simon Locke”, “Trapper John”) animada ahora con tramas detectivescas (“Quincy ME”). En esos años surgía también una “rara avis”, “MASH”, que abrió las puertas a la interpretación colectiva (recordemos que se trataba de un grupo de médicos y enfermeras en un hospital de campaña de la Guerra de Corea) así como una comedia británica de gran éxito, “Un médico en casa”, que descubrió otra vía de trabajo a los laboriosos guionistas: la formación de los médicos (que hemos recuperado en “Anatomía de Grey”, “Hospital Central”, “MIR” y tantas otras). Los años 80, en cambio, fueron un auténtico páramo para este género, con productos muy esporádicos como la miniserie española “Ramón y Cajal” o la protagonizada por un joven Denzel Washington, “St. Elsewhere”.

Se buscaban señas de identidad, que no tardaron en aparecer en la siguiente década, la de los 90, cuando se produjo un veradero “boom” de las series con batas blancas, encabezado por la serie médica por excelencia -“Urgencias”- junto a otros productos de éxito que se asentaron con fórmulas específicas y personalidad propia: la intriga policiaca (“Diagnóstico asesinato”), el protagonismo femenino (“Doctora Quinn”), la autobiografía juvenil (“Un médico precoz”) o la comedia poblada de frikies (“Doctor en Alaska”). España no podía quedar al margen de esta moda de las batas blancas, aportando dos de las series de más éxito de nuestra historia televisiva, “Farmacia de guardia” y “Médico de familia”, que con sus risas enlatadas, personajes benévolos, mensaje conservador y humor blanco nos hicieron pasar buenos momentos a “nuestro estilo”.

El éxito rotundo de la mayoría de ellas animó a productores y directores a la creación a diestro y siniestro de una retahíla de series a lo largo de los primeros años del siglo XXI, hasta lograr un cierto nivel de saturación, del que estamos intentando sobrevivir. En estos últimos diez años dos series, por motivos, argumentos y estilos distintos, se han llevado la palma: “House” y “Anatomía de Grey”. Además, hay que reseñar la eclosión de series protagonizadas por mujeres médicos (“Doctoras de Philadelphia”, “Diario de una doctora”, “Sin cita previa”…) y también por enfermeras (“Nurse Jackie”, “Enfermera Hawthorne”…) o la exploración de nuevas vías argumentales como la catastrofista (“Trauma”) o la exótica (“Lejos de todo”) o la resurección de la comedia británica clásica al estilo de los años 50 (“Doc Martin”). En España, en estos años nos apuntamos al éxito de los quirófanos repletos de médicos (“Hospital Central”) y a la adaptación de fórmulas foráneas (“Doctor Mateo”), en ambas casos con un notable éxito entre la concurrencia; pero también supimos dar un giro nuevo a estas historias entregando el protagonismo a los propios pacientes, como en “Polseres Vermelles”, una serie que no en vano ha encandilado al mismísmo rey Spielberg. Y a la espera de las nuevas temporadas de “House” y “Anatomía de Grey”, ansiamos un cierto reposo, o que guionistas y directores exploten su imaginación en busca de nuevos personajes, nuevas tramas y nuevas historias (todo sea por nuestra salud mental).

Como homenaje y recordatorio a todas estas series que tan buenos y emocionantes momentos nos han hecho pasar (y también en recuerdo de la inolvidable Dorothy Michaels -Dustin Hoffman- de la serie ficticia “Southwest General”) hemos abierto una nueva sección en este blog, HospitalTV, habitado por unos 40 títulos de series, que se acompañan de un pequeño comentario y un ejemplo audiovisual de su presencia en Youtube. Si alguien se anima a verlas todas, no debería perder ni un minuto. Todas juntas suman ya más de 5.000 episodios (sin contar los 12 mil que lleva emitidos desde 1963 el culebrón “Hospital General”), que a una media de 45 minutos cada uno arrojan la friolera cifra de más de 225 mil minutos, o lo que es lo mismo, 3.750 horas, lo que viene a ser -si mis cálculos no fallan- dos meses enteros viendo la tele sin parar, ni para comer, ni para dormir, ni para hablar por el móvil ni para ir al baño. Habrá quien pueda, desde luego. Yo, sin ir al baño, no.

(Por José Manuel Estrada. Bibliotecario y documentalista)

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